"La tierra que dio a Bolívar, Bello, Miranda, Sucre, y tantos hombres superiores, está llamada a grandes destinos y no equivocará esta vez su camino. El pueblo Venezolano demostrará que tiene mejor sentido que estos vendedores de humo y falsos profetas, que habrán perdido el tiempo, que nunca pudieron ni supieron utilizar con provecho"  ALBERTO ADRIANI

 

 

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Rafael Armando Rojas

Libro “La Huella de Alberto Adriani”

La biografía de Alberto Adriani es breve como fue su vida. Pero dejó una profunda huella.

 

Nacido en Zea (Estado Mérida) en 1898, muere en Caracas en 1936, cuando todo presagiaba un gran destino para el joven estadista y para la patria que lo contaba ya entre sus mejores hombres.

Hijo de inmigrantes italianos procedentes de la Isla de Elba, nació en un pequeño pueblo escondido en las montañas merideñas, un 14 de junio de 1898. Desde su niñez sintió la voz de la patria que lo llamaba a la gran tarea de construir una nueva Venezuela al terminar la dictadura que asolaba al país.

Habría de pasar mucho tiempo para que amaneciera ese día, el tiempo que el niño de Zea, el adolescente de Mérida y el joven de Ginebra, Londres y Washington necesitaba para templar su voluntad y enriquecer su inteligencia con los conocimientos indispensables para el tiempo que veía en su futuro.

Nacido en un hogar donde se rendía culto a la virtud y donde el trabajo marcaba el ritmo del tiempo, Alberto tuvo desde su niñez muy claro el camino que debía seguir para alcanzar su meta.

En el colegio de Santo Tomás de Aquino, fundado por un grupo de notables del lugar y presto bajo la sabia dirección del Maestro Félix Román Duque habría de recibir estímulo e impulso para cumplir el gran ideal que el maestro intuía en aquel discípulo excepcional.

Concluidos sus estudios de bachillerato de trasladó con su hermano Elbano a la ciudad de Mérida para obtener el título de bachiller en Filosofía y Letras, una vez superados los exámenes prácticos de física y química que requerían el uso de equipos de los que no disponía el colegio de Zea.

Para graduarse de bachillerato la ley exigía la presentación de una tesis.

El 21 de septiembre de 1916, Alberto Adriani entregó al jurado competente su tesis, que fue aprobada por la Comisión Nacional de Instrucción Secundaria en Caracas el 17 de octubre de ese mismo año, con la firma de Cristóbal L. Mendoza. La tesis se titulaba “Psicología Comparada. El Tipo Criminal Nato ante la Sana Filosofía”. Ya en este su primer trabajo de investigación, revela el

joven bachiller una gran capacidad de análisis y un hábil manejo de las copiosas fuentes que utilizó para realizarlo. Se observa la tendencia filosófica que le serviría de guía durante toda su vida. Combate el materialismo. Ataca a Lombroso y a sus seguidores y llega a conclusiones que dejan entrever al gran pensador que habría de revelarse con el correr del tiempo.

La influencia que ejerció Mérida en su vida la hace manifiesta en una carta dirigida desde Ginebra el 17 de diciembre de 1922 a su amigo Picón Salas quien vivía en Chile: Ginebra, con su sociedad decididamente cerrada y conservadora, vivero de instituciones puritanas al pie del Monte Blanco, costeada por el Azve impetuoso que corre al pie de sus colinas me recuerda en su espíritu y

naturaleza a la lejana Mérida. Muchas veces he pensado en esa identidad de las dos ciudades que van a jugar un papel considerable en mi vida.

En diciembre de 1916 Adriani se traslada a Caracas. Se inscribe en la Escuela de Derecho que se creó a raíz del cierre de la Universidad Central, por iniciativa de un grupo de distinguidos abogados entre los que se encontraban el Dr. Esteban Gil Borges, para este momento Ministro de Relaciones Exteriores y el Dr. Pedro Itriago Chacín quien se desempeña como consultor jurídico de ese despacho y que habría de ser su sucesor en el cargo poco años más tarde.

De acuerdo con las boletas expedidas por el Consejo Nacional de Instrucción sabemos que Adriani presento exámenes sobre Elemento de Derecho Especial Antiguo, de Historia y Filosofía del Derecho Constitucional, Derecho Romano y su Historia, Principios Generales de Derecho, Derecho Público Eclesiástico, Derecho Penal y Administrativo; estas boletas están firmadas por hombres que ocupan un lugar importante en la historia del Derecho en Venezuela como son Lorenzo Herrera Mendoza, Carlos F. Grisanti, Alejandro Urbaneja, Villegas Pulido y otros. Por estos datos concluimos que Adriani completó prácticamente el pensum obligatorio requerido en la carrera de Leyes. Cuando se inscribió en Ginebra en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociología de esa Universidad ya poseía una excelente formación universitaria.

Mariano Picón Salas en las hermosas y emotivas páginas escritas en Praga al conocer la sorpresiva muerte de su amigo, recuerda aquellos años de estudiantes en Caracas y aquella pensión en el poco aristocrático barrio de Caño Amarillo.

Fue allí, precisamente, donde los dos amigos leyeron muchos de aquellos libros de la colección “Cultura Argentina” dirigida por José Ingenieros, publicaciones que por entonces llegaban a Caracas. Se interesaron, de manera especial, por esas dos grandes figuras del pensamiento argentino como son Sarmiento y Alberdi.

Estas lecturas avivaron en el ánimo de los inquietos jóvenes los ideales de redención de su país, ideales que se habían ido robusteciendo desde los días de Mérida. Mariano confiesa que sus preferencias (...) estaban por Sarmiento, las de Adriani por aquel estilo un poco enjuto pero lleno de claridades, cargado de verdades americanas, de don Juan Bautista Alberdi.

- Tú debes ser el Alberdi de Venezuela- le dije un día. –Tú como Alberdi, en el año de gracia de 1852, debes escribir Las “Bases de nuestra nueva república”, contra la retórica, y el floripondio que nos han escondido tanto tiempo la realidad venezolana, hay que inventariar allí –como hizo

Alberdi en Argentina hace tantos años- las posibilidades de nuestra existencia nacional, crear una técnica, imponer un orden –que no es el orden sepulcral del gomecismo, el orden del “Plan de Machete”, sino el orden de la inteligencia creadora.

Las palabras de Mariano debieron quedar resonando en la mente de Alberto. El 27 de septiembre de 1918 comienza a llenar una gruesa libreta. Su primer trabajo lo titula: Un programa de gobierno en la que se revela la meta que se había trazado. Transportado en el tiempo escribe:

Una nueva faz de nuestro desarrollo; un nuevo camino empezamos a transitar desde hoy.

Desaparecerá la tiranía y con ella las obstrucciones que en toda su hora entorpecieron nuestro desarrollo nacional.

Libertad en todos los campos de la actividad: en el trabajo, en la prensa, en la política. Protección del gobierno a toda propicia iniciativa, protección para el gran trabajo: queremos levantar de sus ruinas la industria y el comercio: queremos dar un impulso gigantesco a la instrucción:

favoreceremos la inmigración que ha de traer a nuestras playas gente robusta de cuerpo y espíritu, que levante nuestra raza que decae o se estaciona:

levantaremos ferrocarriles, construiremos carreteras, impulsaremos nuestras comunicaciones marítimas para que por mar y tierra transite sin tropiezo la riqueza nacional. A donde no llegue la iniciativa individual allí estará el gobierno.

El Canciller Gil Borges descubrió muy pronto las cualidades sobresalientes de su discípulo y lo llevó a la cancillería, designándolo como su secretario. En el año 1921, con motivo del centenario de la Batalla de Carabobo se inaugura en Nueva York una estatua ecuestre de Bolívar. El Gobierno de Venezuela quiere darle gran lustre a esta ceremonia. Gobernaba al gran país del norte el Presidente Warren Harding. Venezuela envía una delegación integrada por hombres de gran prestigio y presidida por el canciller Gil Borges, como secretario de la misma es designado Alberto Adriani. Es el primer contacto del joven con un gran país donde la Constitución redactada por Jefferson, desde los días iniciales de la república, era el gran motor que regía sus destinos. Allá en lo más íntimo de su mente debió Adriani percibir el largo camino que debía recorrer su país para convertirse en una nación soberana y progresista.

A su regreso a Caracas, Adriani es nombrado Cónsul en Ginebra. Pensó el eminente Canciller que aquella ciudad era el sitio ideal para la formación de aquel joven en el que el país tendría seguramente un brillante estadista.

En Ginebra, la hermosa ciudad Suiza a orillas del lago Léman se cifraban por aquellos años de la postguerra grandes esperanzas para construir un mundo en que las naciones resolvieran mediante el diálogo sus diferencias sin tener que recurrir a las armas que tanto dolor, orfandad, destrucción y lágrimas habían generado en Europa durante la última contienda.

En el edificio de la Sociedad de las Naciones en el que se reunían los

estadistas más sobresalientes del mundo, la humanidad tenía puesto en sus

ojos y una gran esperanza en que por fin florecerían en este mundo, que había sido víctima de tantas hecatombes, los dones de la paz.

Lamentablemente en el Pacto de Versalles, firmando por vencedores y vencidos, se ocultaba la semilla de nuevos conflictos. La visión del Presidente Wilson, uno de los grandes constructores del nuevo orden, se quedó corta. Las condiciones que dicho pacto imponía a los vencidos, habrían de producir tarde o temprano, sus efectos.

Imaginamos el deslumbramiento que debió producir en aquel joven de 23 años, quien había seguido paso a paso, desde su lejana Mérida, los avatares de la contienda, los esfuerzos que se hacían en Ginebra para construir la paz.

Apenas había tenido tiempo para orientarse en aquella ciudad en la que se entrecruzaban todos los caminos y en la que funcionarios de todos los países se esforzaban por construir aquella que San Agustín llamo la ciudad de Dios.

Lamentablemente, su protector y amigo Gil Borges es removido del Gabinete. Se dice que este cambio fue motivado por el silencio que el ilustre Canciller guardó del nombre de Gómez durante su discurso en la inauguración de la estatua de Bolívar en Nueva York. El Dr. Pedro Itriago Chacín pasa a reemplazarlo. En carta muy comedida que Adriani recibió el 18 de septiembre de 1921, el Canciller le expresaba:

Usted sabe como son las cosas en este país y me veo en la necesidad de reemplazarlo. Pero aprovecharé la primera ocasión para utilizar sus buenos servicios.

Adriani recibió estoicamente la noticia, porque bien sabía cómo se manejaban las cosas de la política en su país.

Pero prosiguió firme en sus tareas en la Facultad de Economía de la Universidad Ginebrina, donde se había inscrito en la facultad de Ciencias Económicas y continuó atento, desde aquel observatorio excepcional, al desarrollo de la política europea que resonaba vivamente en el edificio de la Sociedad de las Naciones. Allí tuvo Adriani la fortuna de escuchar las sabias disertaciones de las figuras mas relevantes de la política mundial como Arístides Briand, el checoeslovaco Benes, el griego Venizelos, el italiano Carlos Sforza y Titulescu, el brillante Ministro de Relaciones Exteriores de Rumania, entre otros.

El Canciller Itriago Chacín cumplió su palabra. Adriani es designado Secretario de la Delegación de Venezuela en la Sociedad de las Naciones.

Esto ofreció la oportunidad de compartir responsabilidades con figuras sobresalientes de la diplomacia venezolana, como César Zumeta, Diógenes Escalante y Caracciolo Parra Pérez. Brillante en verdad aquella delegación que nos representó durante varias Asambleas en este foro internacional. Hay que reconocer que los hombres de la diplomacia del régimen gomecista escribieron una página brillante de nuestra historia diplomática.

Ginebra fue el lugar propicio para la lectura metódica de los grandes escritores de su época que trataban asuntos relacionados con sus inclinaciones. Poseemos numerosos cuadernos que son testimonio de muchos de los libros que leyó y meditó en Ginebra y de los que acostumbraba hacer un resumen en el idioma del libro que leía. Citemos algunas de estas obras que nos revelan su preferencia por los temas:

Immigration and Labour: The economic aspects of European migrations to the United States, por Isaac A. Houruvich; The Italian Emigration of our times, por Robert F. Foerster; De la colonisation cher les peuples modemes, Pane Leroy-Beaulieu; The annuals of the American, Academy of Political and Serial Science, Annual 1911; South America: Observations and Impressions, por James Bryce; y muchas más.

En 1925 Adriani terminó sus estudios universitarios y obtuvo el título correspondiente en Economía y Sociología. Durante estos años, como ya apuntamos, se había desempeñado como Secretario de la Delegación de Venezuela ante la Sociedad de las Naciones.

Imaginamos la nostalgia que debió sentir Adriani al dejar Ginebra, la ciudad que según propia confesión había ejercido una gran influencia en su vida. Una ves terminados sus estudios universitarios, decidió trasladarse a Londres para profundizar sus estudios de Economía en la patria se Smith y de Ricardo cuyas obras había estudiado con detenimiento. Por aquellos días

ya era conocido el nombre de otro gran economista que continuaba la tradición inglesa en esa especialidad científica: JohnMaynard Keynes.

Su amigo Picón Salas le sugiere desde Chile que escriba un trabajo para la revista Atenea, órgano de la Universidad de Concepción. Dicho artículo fechado en Londres en agosto de 1925 fue publicado de inmediato en la mencionada revista. Versa “sobra la crisis actual y el estado orgánico”.

Atribuía Adriani a la época que estaba viviendo Europa, en su experiencia política, una importancia tan grande “Como lo fue el renacimiento para la experiencia artística y la reforma para la experiencia religiosa”.

Aunque nuestros países no participaron en la contienda, pensaba que los acontecimientos europeos habrían de tener una gran repercusión en la vida política, económica y cultural de nuestra América. Y es esta reflexión la que lo estimula a ahondar en los sucesos que están ocurriendo en la Europa de la postguerra de la que está seguro habría de surgir “Una nueva concepción del Estado”.

Las enormes transformaciones que venía experimentando Europa y el mundo entero como consecuencia de la guerra, son analizados por Adriani en este trabajo con precisión y lucidez. La importancia que le merece ese momento de la humanidad lo lleva a compararlo con el esfuerzo que se hizo en la Edad Media por construir la ciudad de Dios ideada por San Agustín.

Ya para estos años de plena juventud tenía bien clara su concepción de  un Estado moderno donde la política exterior es uno de los factores mas importantes con miras a la unificación del mundo. Estaba convencido de que era necesario disminuir los poderes de las Asambleas Parlamentarias y

“Aumentar la influencia de las comisiones técnicas, sustituir las pujas electorales por hechos que contribuyan al mejoramiento de la sociedad”. A esa libertad abstracta que tanto pregonan los politiqueros de oficio la califica “Panacea Universal de los Liberales”. Afirma que los “intereses de una

sociedad son infinitamente mas considerables que los intereses de los individuos, y cada libertad concreta debe ser reglada de acuerdo con el interés colectivo”.

Pensaba Adriani que una auténtica democracia debía tener como meta una mejor organización de la sociedad en la que se sustituye la concurrencia por la cooperación. Abogada por el bien común para encontrase con Santo Tomás de Aquino en su célebre definición de la ley como “ordinario

racionis ad bonum comunen”...

Obsesionado como estaba con la idea de la unión europea, no podía pasar desapercibida para Adriani la firma de los Tratados de Locarno donde los eminentes estadistas que asistieron a la pintoresca ciudad Suiza se esforzaron por reparar las fallas e inconvenientes del tratado de Versalles. Es evidente que en estos documentos había quedado sembrada la semilla de futuras confrontaciones. Adriani siguió con interés desde Londres las deliberaciones de Locarno y se entusiasmó con la idea de que como resultado de tantos tratados, Europa habría de poner término a las continuas guerras que a lo largo de los tiempos venían desangrando al continente.

Locarno es para Adriani un signo auspicioso. Cree palpar en el ambiente el anuncio de un nuevo tiempo que habría de superar “las fuerzas de las pequeñas patrias surgidas en siglos pasados, con tareas restrictas y que han desbordado y están borrando las fronteras nacionales”.

Lamentablemente las cosas no sucedieron como las vislumbraron algunos de los espíritus más lúcidos de la época y a escasos veinte años de

formularse estos ideales, la bestia apocalíptica se lanzó de nuevo sobre Europa con más furia que durante la pasada guerra. Adriani no alcanzó a ver estos lamentables sucesos pues murió en 1936. Tal vez conservó la esperanza expresada en su artículo “Los Estados Unidos de Europa”, escrito en Londres en diciembre de 1925.

Durante su permanencia en la capital inglesa, tuvo la fortuna de ser el primer venezolano en examinar en la casa campestre de Lord Bathurst el Archivo de Miranda, por indicaciones de su amigo Caracciolo Parra Pérez quien se encontraba en Roma como Ministro Plenipotenciario de Venezuela,

para la adquisición de este importante acervo documental por nuestro gobierno. El archivo que actualmente se encuentra en la Academia Nacional de la Historia se debe a estos dos eminentes venezolanos.

A raíz de su destitución como Ministro de Relaciones Exteriores en 1921, Gil Borges se trasladó a Nueva York donde trabajó en el escritorio jurídico Breckinridge & Long. Luego pasó a Washington donde se desempeñó como Director Asistente de la Unión Panamericana.

El viejo maestro y amigo quien se ha mantenido en contacto por correspondencia con Adriani, considera que es la persona adecuada para dirigir la Sección Agrícola que piensa fundar la Unión Panamericana. Sabe muy bien el interés que su discípulo siempre ha manifestado por la agricultura como fuente de riqueza y bienestar de los pueblos.

Adriani acepta el cargo y regresa a Washington. Está convencido de la gran importancia que representa esta ciudad para completar su formación. En Washington estaría a su disposición toda la información que de todos los rincones del mundo llegaba a la ciudad sobre temas relacionados con la

situación económica y financiera mundial.

En un cargo como este, Adriani debió sentirse a sus anchas. Tenía la oportunidad de trabajar por el mejoramiento de la agricultura, rama tan importante de la economía. Nuestros países poseían tierras fértiles y abundante agua, pero casi todos estaban en la etapa del conuco. Era necesario acabar con esta rutina y emprender una obra de investigación y experimentación para mejorar los cultivos y, en consecuencia, aumentar la producción.

Con el entusiasmo de siempre, Adriani emprendió una tarea que lo puso en contacto con expertos agrícolas de muchos países que le imprimieron a su cargo una proyección continental.

En el ejército de este cargo, le correspondió la tarea de organizar con otras importantes personalidades la Sexta Conferencia Panamericana que se celebró en La Habana en 1928.

En esta conferencia se aprobaron resoluciones muy importantes y un plan de Cooperación Interamericana para el estudio de los problemas relacionados con la Agricultura, Selvicultura, Industria Animal, Prevención y Destrucción de Plagas y Enfermedades que afectan a los animales y las plantas, así como sus productos en los países miembros de la Unión. Se decidió, igualmente, convocar una conferencia Interamericana de Agricultura Tropical, Selvicultura e Industria Animal, formada por expertos nombrados por los respectivos gobiernos con el objeto de formular las bases de un plan de cooperación continental efectiva para el desarrollo de dichas industrias y una estricta conexión entre las organizaciones oficiales y

privadas en estos ramos de producción.

Fue precisamente en esta conferencia de La Habana en la que se creó la Oficina de Cooperación Agrícola que ya había sido prevista por el Director de la Unión dos años antes, y que, como sabemos estaba a cargo de Adriani.

A pesar de todo lo que está pasando en Venezuela se muestra optimista porque observa signos de vitalidad y cree que las generaciones formadas en los últimos treinta años acabarán de desalojar a los bárbaros. Cuando este día llegue, aunque parece que está tardando mucho, el país necesitará una reforma profunda, integral no sólo en la clase política sino en todos los estamentos de la sociedad.

Cree Adriani, y esto lo repite en muchos de sus escritos, que toda reforma debe comenzar con un programa de educación adecuado. Le preocupa la tarea de colonización de Guayana –el Far West venezolano- que funda los varios elementos raciales; y la introducción de inmigrantes europeos para fortalecer el grupo civilizado, y educar con gentes ejemplares “que es la mejor manera de educar”.

En su correspondencia con Mariano, durante los dos últimos años que paso por Washington la situación de Venezuela se convierte en una verdadera obsesión. En carta de noviembre de 1929, de nuevo le informa

sobre lo que esta pasando en Venezuela:

Las cárceles están repletas de gente y todos los días encierran nuevos enemigos. Los estudiantes –hay algunos de 14 años- siguen trabajando las carreteras que componen el sistema vial de las haciendas de Gómez (...) El Oriente lo tienen incomunicado. Esta pandilla está saqueando el tesoro público en la forma más impúdica. Ya para completar a la situación política ha venido a agregarse una crisis económica con la baja de los precios del café y del cacao y de los innumerables monopolios que tienen maniatado al

país.

Pero a pesar de todo, Adriani sigue manteniendo su optimismo.

Venezuela es un país con inmensas riquezas materiales, con tradiciones, que no es muy difícil reanimar y robustecer y un elemento humano de indudable brillo y buen sentido.

A principio de 1930, Adriani se encuentra en Zea. Desde que salió de su pueblo nativo para obtener su grado de bachiller en Mérida, han pasado muchos años y rudos caminos. Regresa a su pueblo natal con un caudal de experiencias y conocimientos que hacen de él, a la edad de 32 años, uno de los hombres más importantes con que cuenta la Venezuela de entonces.

Se encuentra en un rincón apartado del país, pero esto no le impide seguir, paso a paso, el desenvolvimiento de los sucesos que van tejiendo la historia. La estafeta de Correos de Zea adquiere, de repente, una actividad nunca antes conocida. A Zea llegaban de todas partes periódicos, revistas y libros enviados a Adriani por sus amigos de Europa y América y una abundante correspondencia que traía el sello de Chile, de Washington y de todos los rincones de Venezuela donde se encontraban sus interlocutores, entre ellos muchas de las personalidades más destacadas de ese momento en Venezuela. Aquella Oficina de Correos también despachaba la de Adriani; cartas y artículos para diversas publicaciones que le requerían su

colaboración: el Boletín de la Unión Panamericana, Revista Cultura Venezolana, Revista Mercantil de San Cristóbal y de la Cámara de Comercio de Caracas.

Su amigo Egaña, quien está en Maracay al frente de Banco Agrícola y Pecuario le escribe con frecuencia, le hace consultas sobre diversos asuntos relacionados con el desempeño de su cargo, le solicita en préstamo algunos libros de la biblioteca de Adriani que desea consultar, lo estimula para que termine el libro sobre economía política y agraria que está preparando. Está seguro Egaña que será un trabajo “espléndido, como todo lo que nos ofrece su vigorosa y bien disciplinada mentalidad”. Se muestra entusiasmado con el ensayo de Adriani que ha leído en el Boletín de la Cámara de Comercio de Caracas titulado “La Crisis, Los Cambios y Nosotros”.

El estudio de Adriani tuvo buena acogida en los medios financieros del país, aunque no faltaron los eternos descontentos que veían con malos ojos las atrevidas ideas del solitario de Zea.

“La crisis, Los Cambios y Nosotros” es un estudio, de carácter exclusivamente financiero que revela los sólidos conocimientos de Adriani en esta rama de la economía.

Al revelar los defectos y las fallas de nuestro sistema monetario y bancario, Adriani estaba tocando un punto muy sensible al gobierno y que pudo haberle traído graves consecuencias. En el ensayo arriba mencionado, afirma Adriani que “el cambio” es el barómetro financiero por excelencia. Los economistas lo consideran como el mejor indicio de la situación económica de un país y, en particular, del estado de su balanza internacional de pagos. Cuando el cambio es desfavorable, puede tenerse por seguro que la balanza internacional de pagos es pasiva. Y concluye en forma categórica que esta es la causa del bajo curso

del cambio del país.

Uno de sus corresponsales más asiduos es el Dr. Román Cárdenas, quien había sido Ministro de Hacienda desde el 3 de enero de 1913 hasta el año 1922 y a cuyos conocimientos estadísticos y a su tesonera labor, se debe la reforma de la Hacienda Pública que ha sido elogiada hasta por los más duros enemigos del régimen. Adriani y Cárdenas se conocieron en Europa.

Este último, mucho mayor que Adriani pues le llevaba treinta y seis años; desde el primer encuentro le tomo un altísimo aprecio y añadiríamos afecto, al observar las dotes excepcionales de su joven amigo. Desde el año 1926 se inicia una comunicación epistolar que duró hasta la muerte de Adriani. Las cartas de Cárdenas están fechadas en París, Londres, Washington y Caracas.

Le comenta algunos de los hechos mas sobresalientes de la economía del país, y con especial interés, se refiere a los trabajos que Adriani publicaba en diarios y revistas, desde su retiro campesino.

De esta época datan dos ensayos titulados “Un Sistema Racional de Comunicaciones” y “La Carretera y Ferrocarril de Venezuela”, publicado este último en el Boletín de la Cámara de Comercio de Caracas. Para la

realización de estos trabajos, Adriani contaba, además de sus conocimientos de los sistemas europeos con una abundante biografía de autores alemanes, franceses, ingleses y norteamericanos. Libros como Principes de Geographie Humaine, de Vidal de la Blanche, Geographic Humaine, de Jean Brunhes, La Geographie de l’ Histoire, de Lucien Lefebre, La terrre et la evolution humaine, de Isaiah Bowman, The New Worlds, de Ellzivorth y Huntington etc., etc.

Hace hincapié en la estrecha relación existente entre el progreso de las comunicaciones de un país y el desarrollo del mismo en todos los órdenes de la vida nacional. La elaboración de un plan racional de comunicaciones no debe trazarse al acaso. Es necesario tener una amplia y detenida visión de los intereses nacionales. Como siempre, estos estudios tienen como mira a Venezuela. Escribe que, en razón de que nuestro país tiene una vocación continental por su posición geográfica y cuenta con el Orinoco que constituye el brazo norteño de este vasto sistema de comunicaciones formado por el mismo Orinoco, el Amazonas y el Plata. Pero no se contenta con los argumentos de índole geográfica. Acude como lo hace a menudo a la historia. Esta visión histórica hace de Adriani un economista que tiene siempre presente en su mente para la solución de los problemas económicos y financieros, las lecciones con las que el pasado va enriqueciendo el

presente y abriendo luces hacia el porvenir. La tradición histórica de Venezuela que se inició en los días de la independencia y culminó en Ayacucho constituye para Adriani una idea cardinal de su pensamiento.

Se detiene en el análisis de las ventajas y desventajas que presentan los sistemas de comunicación existentes. Le da gran importancia a las comunicaciones fluviales que, de acuerdo con la experiencia europea, la vía de agua resultó más económica que el ferrocarril. Se entusiasma con la idea de que siendo nuestro país propietario de “esa incomparable red fluvial que forman el Orinoco, el Amazonas y el Plata y sus afluentes”, potencialmente forma parte del primero de los sistemas fluviales de la tierra.

Cuando ese sistema esté acondicionado y en plena actividad, Venezuela gozará de una situación extraordinariamente ventajosa. Como jefe de la División de Cooperación Agrícola de la Unión Panamericana, Adriani trazó las grandes líneas de la que podría ser la política agrícola de nuestros países latinoamericanos. Las ideas de este proyecto las fue desarrollando en el Boletín de la Unión Panamericana a través de varios trabajos que publicó durante los años que permaneció en Washington al frente de esta División.

Ya en su primer trabajo publicado en 1928 aparece perfectamente clara la idea de que la industria agrícola debe ser la mayor industria común de los pueblos americanos.

Hacía énfasis en las características que determinaban la economía de las dos áreas que integran el Continente Americano. En el Norte domina la actividad industrial, comercial y bancaria. Veía a los Estados Unidos como los grandes exportadores de manufacturas y de capitales e importadores de géneros alimenticios y de materias primas y en los países del Sur la gran zona agrícola y minera del continente.

Adriani que conocía a fondo la situación de nuestra agricultura, no dejó de insistir en la necesidad de acabar con la tradición rutinaria de nuestros agricultores y de aplicar métodos científicos en el tratamiento de nuestra

actividad agrícola. Las palabras investigación y experimentación aparecen, con gran insistencia en sus escritos sobre esta materia.

Aún se encontraba en Washington, cuando el 24 de octubre de 1922, “el jueves negro”, una espectacular baja de los valores de la bolsa de Nueva York marcó el inicio de la gran depresión que arrastró consigo un caudal de calamidades que se hicieron sentir no sólo en los Estados Unidos sino en la mayor parte de los países, especialmente en América Latina.

Años más tarde en un trabajo publicado en la Revista mercantil de San Cristóbal, Adriani hace un amplio y profundo análisis de los efectos de esta crisis en el mundo y especialmente en Venezuela donde los precios del café, del cacao, azúcar, cueros y ganado, sufrieron una baja espectacular.

Especial interés le merece el estudio de los mercados cafeteros en los países productores más importantes y la repercusión que ésta dinámica venía presentando en el mundo. De manera especial observa como el café

venezolano en el marcado internacional, arrastrado por las políticas aplicadas por Brasil, ha sufrido un gran descalabro.

La superproducción ha traído consigo la reducción de la demanda y, como consecuencia inmediata, la caída de los precios que Adriani califica de “ruinosa”. Se muestra preocupado por la contracción de la economía

venezolana, dependiente del café y otros rubros agrícolas.

A pesar de todo, Adriani que siguió con detenimiento y rigor científico, el paso de esta crisis hasta sus últimos coletazos en 1935, se mantuvo firme en la idea de que la agricultura sería el factor permanente y perdurable de nuestra riqueza. Para aquellos años, el sector agrícola –pese a la ruinosa situación por la que estaba atravesando- ocupaba, directa o indirectamente según sus cálculos, el 80% de la población.

Siendo el café nuestro principal artículo de exportación, Adriani le dedicó en Zea, como ya lo apuntamos, varios estudios: “El café y nosotros”, “Sobre el porvenir de la industria cafetera”, “La ciencia, el porvenir de la

industria cafetera”, “Legislación experimental cafetera en Nicaragua”, “La cosecha y el consumo mundial”, “Crónica cafetera”, “El nuevo empréstito brasilero y la situación cafetera”, “Soluciones internacionales de la crisis cafetera”, “La organización de la industria cafetera colombiana”, “Venezuela y su industria cafetera”. Estos trabajos nos revelan el profundo conocimiento que Adriani poseía sobre una materia que era de su particular afecto. Este estudio, en gran parte realizado durante su retiro en Zea, nos da la medida de su inquietud y de su constante apremio por mantenerse actualizado sobre las vicisitudes que atravesaba este importante producto en las zonas productoras del planeta. Muchas de sus afirmaciones tienen firme apoyatura en renombradas publicaciones extranjeras. Cita el Bulletin Mensuel de Statiste de la Sociedad de las Naciones de Nueva York; Journal of Comerse y otros.

El café que tuvo una importancia preponderante en Venezuela durante

casi un siglo, en 1925 “pierde el puesto preponderante que había tenido

nuestra economía desde 1830, a favor del petróleo, y hacia la misma época

comienza a manifestarse una tendencia al descenso de la producción” según

las estadísticas que aporta, la cifra más alta de nuestra producción cafetera se

registró en los años 1929, 1930, 1932 y 1933 con un promedio anual de

939.000 sacos.

Como ya lo apuntamos en alguna otra parte de nuestro trabajo, las

investigaciones y estudios realizados por Adriani en los diversos aspectos de

la economía y las finanzas tenían siempre como meta la aplicación de estos

conocimientos a la realidad venezolana. Esta idea que se aposentó en su

mente desde la adolescencia no sufrió desmayo en ninguna etapa de su vida,

por el contrario, se fue robusteciendo a medida que pasaban los años y veía

más cerca el momento de poner en marcha una Venezuela mejor, la

Venezuela que él siempre soñó.

Frente al brillante porvenir que ofrecía al país la riqueza petrolera que,

como por arte de magia, irrumpió como una señal que habría de sacar a

Venezuela de su estancamiento y colocarla entre los privilegiados del

Continente, Adriani no se dejo llevar por este espejismo, y siguió aferrado a

la idea de que nuestro futuro radicaba en la agricultura. Para esto era

necesario acabar con la ignorancia y el empirismo de nuestros agricultores.

La creación de centros experimentales y de investigación era el paso

fundamental que debía dar el país para competir con otros países del

hemisferio que ya habían emprendido este camino. En lo que respecta al café

cita a Brasil, Colombia, Guatemala y Costa Rica.

En artículo ya mencionado “La Crisis, Los Cambios y Nosotros”,

escrito en Zea en mayo de 1931, se refiere a la crisis monetaria que siguió a

la primera guerra mundial (1914-1918) especialmente en países como

Alemania y Austria. Este hecho lo impresionó fuertemente y le hizo palpar

los efectos de la depreciación de estas monedas así como sus nefastas

consecuencias en la vida económica, social y política de las naciones.

Para una situación de esta índole, recomienda equilibrar el presupuesto,

aplicar medidas de austeridad administrativa y emplear los empréstitos que

puedan obtenerse no en gastos de funcionamiento de la maquinaria estatal

sino en tareas reproductivas que generen empleo y aumenten los ingresos

con miras a reducir el déficit fiscal.

Sea este momento oportuno para recordar que Adriani fue el primer

venezolano que habló de la necesidad de crear un Banco Central en nuestro

país, como un organismo indispensable para una sana y eficaz circulación

monetaria y de un buen sistema de crédito. La propuesta de Adriani tardó

casi un decenio en hacerse realidad.

No podemos dejar de hacer mención de la polémica que suscitó en el

ánimo de algunos eminentes venezolanos el planteamiento hecho por

Adriani en el trabajo del cual nos ocupamos sobre la devaluación de nuestro

signo monetario como medida importante para remediar la crisis. Entre los

que impugnaron la tesis de Adriani se encontraban dos de sus mejores

amigos: Vicente Lecuna y Julio Planchart. El primero se desempeñaba como

Presidente del Banco de Venezuela y el segundo como Secretario de la

Cámara de Comercio de Caracas.

Lecuna en una serie de cartas enviadas a Adriani entre el 2 de junio de

1934 y el 31 de enero de 1935, le exponía, de la manera más comedida y

respetuosa, las razones que le movían a discrepar de lo expuesto por Adriani

en esta materia. Le expresaba que la opinión general, después de discutir

ampliamente el asunto en círculos privados, se mostraba contraria a la

devaluación.

Adriani insiste en reforzar sus argumentos a favor de su tesis. Hace

hincapié en el hecho de que un bolívar revaluado como lo estaba en ese

momento nuestro signo monetario, agravaría la situación del sector

agroexportador. Los intereses de los agricultores que constituyen la mayoría,

se confunden con los de la nación y, en consecuencia, abogaba por la

devaluación que favorecía a esta mayoría. Pero en mayo de 1935, después de

oír y analizar las opiniones de autorizados voceros de la economía, se

convenció de que la devaluación no era factible y terminó apoyando,

presionado por la crítica situación que exigía medidas de emergencia, la

práctica de primas de exportación.

El 17 de diciembre de 1935 moría en su residencia de Maracay, el

hombre que con mano fuerte había gobernado por espacio de 27 años. El

país respiró después de tan larga dictadura, pero también sintió pánico de lo

que pudiera suceder después de su muerte. Algunos de sus más duros y

ambiciosos lugartenientes estaban a la espera de ese momento para caerle a

la codiciada presa que era Venezuela. Afortunadamente el país contaba con

el hombre dotado de los atributos necesarios que necesitaba para una

transición pacífica. El General Eleazar López Contreras, Ministro de Guerra

y Marina es designado por el consejo de Ministros, Encargado de la

Presidencia hasta el término del período Constitucional que se vencía el

próximo mes de abril.

Llego para Adriani el momento esperado por más de 20 años. Tenía 10

años cuando Gómez le jugó una mala partida a su compadre Castro al

arrebatarle el poder en su ausencia y dejarle en el destierro que duró hasta su

muerte ocurrida en Puerto Rico en 1926.

Ya desde sus años de Mérida, años de adolescencia, Adriani vio claro

que para construir la Venezuela que soñaron él y sus amigos de las tertulias

merideñas, debían comenzar por hacerse ellos mismos. Desde ese momento

no se dio tregua en la tarea de prepararse para el papel que estaba seguro le

tocaría desempeñar a los hombres de su generación. A la muerte del

Dictador, Adriani era uno de los venezolanos mejor preparados para las

funciones del gobierno. Así lo entendió el Presidente López Contreras quien

lo llama a Caracas y lo pone al frente de la Comisión que elaboró el

Programa de Febrero. Poco después el Presidente decide crear el Ministerio

de Agricultura y Cría separándolo de la Sanidad y Asistencia Social. El 1° de

marzo es nombrado Adriani para el cargo convirtiéndose en su primer titular.

Su experiencia en Washington en el Departamento para los Asuntos

Agrícolas de la Unión Panamericana y sus ideas bien arraigadas sobre la

importancia que la agricultura y la cría representaban para nuestro país

hacían de él la persona indicada para ejercer tal cometido.

Tres semanas después, el nuevo Ministro se dirige a la Nación por la

Radio Nacional –es el primer Ministro que lo hace- para anunciar la reforma

del Decreto de 27 de enero último sobre primas de exportación. Anuncia el

suministro de una importante suma para el Banco Agrícola y Pecuario

destinado a los agricultores para la recolección de sus cosechas y la firma de

una Convención del Gobierno Nacional con el Banco de Venezuela para la

pignoración de las mismas. Termina su alocución con la exposición de los

proyectos que se propone llevar a cabo al frente del Despacho. Señala en

primer lugar:

La formulación de un plan nacional para la conservación y desarrollo

de nuestros recursos naturales. Para esto se requiere un conocimiento de los

suelos y un inventario de nuestra riqueza agrícola.

Persuadido como estaba de la importancia de los medios de

comunicación, creó un revista destinada especialmente a los agricultores. El

Agricultor Venezolano; empezó a circular en mayo de 1936. El propio

Adriani escribió la nota editorial para la primera entrega. Es una síntesis de

las ideas que habrían de guiarlo en el desempeño de su alta responsabilidad.

El 19 de abril, a escasos dos meses de su nombramiento, presenta al

Congreso Nacional la primera memoria del Despacho. Al finalizar, resume

en tres palabras las metas de su acción de gobierno:

(...) Técnica, Crédito y Población son la base del desarrollo de nuestra

riqueza agrícola que es, y será durante mucho tiempo, riqueza agrícola

principalmente.

El 29 de abril el General Eleazar López Contreras se encarga de la

Presidencia Constitucional de la República. Designa nuevo gabinete. Adriani

es nombradoMinistro de Hacienda.

Arturo Uslar Pietri, su amigo y colaborador en ese Despacho escribió:

El destino acababa de poner en sus manos la palanca con la que

podría alterar el ritmo fatal de nuestra historia. La Hacienda Pública, cuya

estructura arcaica contraría y comprime la economía venezolana, iba a

recibir la formidable renovación que haría de ella el instrumento de una

vasta y decisiva transformación nacional.

En el corto tiempo que permaneció en Agricultura apenas alcanzó, a

pesar de las agotadoras jornadas de trabajo, a poner en marcha algunos de

los proyectos que lo animaban cuando tomó posesión de su cargo. Una tarea

aun más difícil le esperaba al frente de sus nuevas responsabilidades.

Crea la Revista de Hacienda, con el mismo propósito que lo había

hecho con el Agricultor Venezolano. Como primera tarea le corresponde al

nuevo Ministro preparar el proyecto de presupuesto de Rentas y Gastos

Públicos para el año económico comprendido entre el 1 de julio de 1936 y

30 de junio de 1937. Al presentar dicho proyecto al Congreso Nacional, en la

exposición de motivos es categórico al proponer que hay que dejar atrás la

política la laisser faire. Es necesario disciplinar la vida económica de la

nación y la intervención del Estado “en las actividades de orden económico

que hasta ayer estuvieron confiadas al libre juego de los intereses

particulares”.

En su corto período al frente del Despacho, presentó también un

proyecto de Arancel Aduanero, un proyecto de Ley Orgánica de la Renta

Nacional de Cigarrillos y un proyecto de impuestos sobre las Herencias y

Legados.

Pero el destino inescrutable y absurdo tronchó en hora menguada,

aquella vida en la que se habían cifrado grandes esperanzas. A la edad de 38

años moría en su lecho del hotel donde se hospedaba aquel venezolano de

excepción a pocos meses de haber comenzado a realizar el sueño con el que

soñó desde su adolescencia.

El Universal le dedicó su nota editorial del día y por la pluma

esclarecida del periodista Pedro Sotillo exaltó la figura de Adriani.

Califica su muerte como una pérdida irrecuperable y evoca el ejemplo

imperecedero que deja como herencia a los venezolanos. Adriani es un

paradigma de la juventud de Venezuela, que debe perdurar en la conciencia

de todos los venezolanos.

El ejemplo de este joven, en plenitud de vigor y de capacidad, caído

en el servicio augusto de la patria, en la labor silenciosa y terrible, en la

faena implacable que el país reclama de sus hijos mejores, para lograr el

bienestar de todo, la seguridad de todo y el alto nivel de vida a que tiene

derecho la República.

Al saber la infausta noticia, su amigo Picón Salas quien se encontraba

en Praga como Encargado de Negocios de Venezuela escribió una de las

páginas más estremecidas y hermosas que se han escrito sobre Adriani.

Nadie lo conoció tan bien ni nadie vio con tanta claridad todo lo que

significaba la personalidad de Alberto Adriani para la patria que estaba

renaciendo.


Neftalí Noguera Mora

 

ADRIANI

O

LA VENEZUELA REFORMADORA

 

 

FUNDACIÓN

ALBERTO ADRIANI

INDICE

 

PRESENTACIÓN

Armando Alarcón Fernández            

 

PÓRTICO

(A manera de prólogo)

 

I.                    El Pueblo Natal

II.                   Gente e Infancia

III.                 El Cultivo de la Individualidad

IV.                Los años de Caracas

V.                  La Universidad del Caminante

VI.                La Voz del Desierto

VII.              El ministro Alberto Adriani

VIII.            La puesta del Sol

 

 

PRESENTACIÓN

 

Me unió a NEFTALI NOGUERA MORA profundos lazos fraternales. Su condición de intelectual y su extraordinaria calidad humana asi como la bondad de su carácter, le granjeaba el aprecio de quienes lo conocían. Con una elevada formación humanística y un manejo de la lengua castellana limpia y vivaz, adquirida en sus estudios en el Seminario Arquidiocesano de Mérida que tan valiosos intelectuales formó para la cultura merideña. Basta señalar a Luis Negrón Dubuc, josé Ramón Barrios Mora, Desiderio Gómez Mora, Antonio Pinto Salinas y tantos otros que destacan como escritores y educadores de singular prestigio. Neftalí Noguera puede ubicarse entre los mejores escritores venezolanos de su generación. Su primer libro “Alegría y Llanto de Europa”, crónicas de la Europa devastada por la guerra, es un manantial inagotable de frescura en medio de aquel trágico panorama. En este libro está plasmado el espíritu de Neftalí para expresar las realidades del continente en crónicas que por momento hace olvidar el retumbar de las metrallas que tantas muertes produjo.

En 1976 con motivo de la creación del Distrito Alberto Adriani, en la hoy ciudad de El Vigía, noroeste del Estado Mérida, Noguera Mora concurrió al certamen sobre la vida y obra de Alberto Adriani. Logró el merecido triunfo que posteriormente fue dado a conocer bajo el sello editorial de la Imprenta del Estado. Allí en sus páginas está el resumen del pensamiento, la preocupación, la inquietud de Alberto Adriani sobre el destino de la economía venezolana. Adriani fue el primer venezolano en darse cuenta de la dicotomía estructural que se crearía en el país con la aparición del petróleo como producto de exportación frente a una economía rural atrasada, que ha sumergido al país en una profunda crisis de todo orden. No sólo económica, sino social, moral y política. Adriani fue un visionario y así lo enfoca Noguera Mora en sus páginas.

La Fundación Alberto Adriani se complace en poner en manos del público este pequeño libro que evidentemente ayudará al conocimiento de tan eximio ciudadano.

 

Armando Alarcón Fernández

 

 

PÓRTICO

(A manera de prólogo)

 

El justo anhelo de contribuir a realzar los actos de inauguración del Distrito Alberto Adriani en su nativa provincia de Mérida, y el Concurso abierto por la municipalidad de El Vigía para la biografía del ilustre venezolano, me llevaron a escribir estas páginas en el corto plazo de un mes.

Obra destinada a la cultura popular, llamada a actualizar entre sus coterráneos y admiradores el nombre y la obra del inolvidable hijo de Zea, su contenido reclama el estilo fácil y la técnica simple para poder familiarizarlo con los diversos tipos de lectores. Espero haber cumplido esta condición, sin renunciar a la tentación intelectual de escudriñar también al personaje, presentar y analizar su ideario, recrear los ambientes donde transcurrió su vida, identificar los frutos de su acción y proyectar su ejemplo en función del porvenir.

El espíritu casi didáctico, que demandan las bases del Concurso, me obligó a seguir el orden cronológico en el plan del trabajo, sin que los hechos perdieran la importancia que cobraron en vida tan interesante. Personalmente, me hubiese alagado más utilizar las fórmulas de la moderna biografía que, en pocos rasgos sustanciales, resumen una existencia y producen, mediante la combinación de factores fundamentales, el balance de su actuación. Pero Adriani era personaje demasiado concreto para novelarlo o para someterlo a una estrangulación filosófica.

Una nueva edición y el aporte más amplio de datos me llevarían, con el favor de Dios, a extraer mayor provecho en lo humano, en lo estético y en lo nacional, de valor tan sustantivo en el acontecer venezolano. O quizás, corresponda este grato contenido a otro escritor afortunado.

Es Adriani figura tentadora para la biografía en un país y en un continente, donde tan relevante honor ha cabido, en mayoría, a las espadas.

 

N.N.M.

  

 

                              I. El pueblo natal

 

Murmuquena fue el nombre indígena del primoroso valle donde se asienta el pueblo de Zea. Allí, la naturaleza despegó los brazos del piedemonte para ofrecer al habitante el verde recodo de la más envidiable intimidad. Por las abras estrechas de la verde cordillera penetra el aire tibio de las sabanas y las costas meridionales del Lago de Maracaibo. En las noches soporosas, alterna con el brillo de las estrellas fugaces y la luz titilante de los coyucos el faro lejano y misterioso del relámpago del Catatumbo.

Coronada por las tímidas lomas de La Cuchilla o Morro Negro, La Llorona, El Páramo, El Amparo y La Cruz de la Paz, la hermosa aldea pudo haber sido asiento de una ciudadela, de milenarias civilizaciones, enclavadas en las quiebras silenciosas de los Andes venezolanos.

El nombre actual sugiere muy poco de su pasado. Pero, cual un denominador común, pareciera definir las condiciones de civilismo o inteligencia del poblador. El bautizo del pueblo fue un homenaje a la memoria esclarecida del doctor Francisco Antonio Zea. Un neogranadino de la generación de Antonio Nariño, de Camilo Torres, de Francisco José de Caldas, de los Fernandez Madrid, de José Celestino Mutis, de Custodio García Rovira, Manuel Rodríguez Torices, Jorge Tadeo Lozano y Pedro Fermín de Vargas, entre otros, versados en filosofía, teología y cánones, en jurisprudencia, en ciencias naturales, en las doctrinas del enciclopedismo y en los clandestinos manifiestos de la conspiración.

Zea había nacido en Medellín en 1770. Si inteligencia atormentada y su corazón audaz le abrieron el camino de todos los azares y vicisitudes. Fue declarado con otros coetáneos, cómplice de Antonio Nariño en la para entonces escandalosa publicación de “Los Derechos del hombre y del ciudadano” de la Francia Revolucionaria. En 1795 fue enviado a España y encerrado en prisión.

No volvería a la Nueva Granada hasta veinte años después: cuatro en la cárcel, ocho como profesor de Ciencias Naturales y Director del Jardín Botánico en Madrid y ocho como miembro del gobierno de Bayona y prefecto de Málaga. Sus pasiones lo llevaron a ensayar las más contradictorias actitudes: apasionado en la Francia de la Revolución y servidor de la ocupación napoleónica en la Madre Patria.

Bolívar le encontró en Haití en el año de 1816. Lo incorporó a su valiente hueste de invasores. Lo hizo Intendente General de Hacienda. Cuando las naves audaces cortaron amarras para la expedición de los cayos, Zea venía a bordo. Fue entonces combatiente en alta mar. Peleó en las costas y en la Isla de Margarita. Contribuyó personalmente a la captura del bergatín “Intrépido” y la goleta “Santa Rita”. Se cubrió de gloria en la toma de los fortines de la patria chica de Arismendi y en la histórica colina de Matasiete. Fue un paladín del valor en la batalla del Playón del Juncal. Entre los años de 1817 y 1820, fue Secretario de Gobierno en Angostura, Redactor del “Correo del Orinoco”, Presidente del Congreso Constituyente y, durante seis meses, Vice-Presidente Encargado del Gobierno, para sustituir personalmente al Libertador, ocupado en la conducción de la guerra y en la preparación de la Campaña del Sur.

Guayana abre en aquellos días las brechas definitivas al triunfo continental de la cruentísima epopeya. Ya Bolívar piensa en “un ejército que pueda sostener la gloria de Colombia a las barbas del Chimborazo y Cuzco, que enseñe el camino de la victoria a los vencedores de Maipú y libertadores del Perú”.

Los servicios eminentes prestados por Zea a la causa de la República lo consagraban como uno de los libertadores más sobresalientes. Bolívar lo ratifica desde Angostura en carta de dirigida al general Santander, fechada el 22 de Diciembre de 1819; “El señor Zea es Vice-presidente de Colombia y el padre de esta República porque él ha sido el principal autor de ella”.

Mientras las armas patriotas descendían triunfantes por las espinadas crestas de los Andes, la estrella inquieta de Zea empezaba a desplazarse hacia otras latitudes. Bolívar le confió la responsabilidad de realizar las gestiones diplomáticas para el reconocimiento del Gobierno ante la Corte Inglesa y para la negociación de un empréstito. El éxito no le acompañó en la nueva Empresa. Por otra parte, su salud ya era precaria. El 28 de noviembre de 1822 murió en Bath, a los 52 años de edad. Una playa extranjera recogió su último aliento.

Este apretado evento de la historia, que le cambió su nombre, no puede dolerle a Murmuquena. No lo reclamarían los padres aborígenes. En los días de la infancia, sobre los bancos escolares, un muchacho de Zea leyó con voracidad heroica las páginas que encerraban la historia de la nueva patria que le dieron sus padres inmigrantes y comenzó a viajar. A deambular por los secretos fecundos de la inteligencia, por la maravilla creadora de los pueblos, por el inquietante destino de su país. Ya en carta a una novia desconocida, le habla de “la gloria que mañana cobijará mi vida”. En su pétreo mutismo, lo vieron monologar los filos de La Cuchilla, La Llorona, El Páramo y la Cruz de la Paz. Sus ecos de niño solitario corrieron por las rumorosas quebradas de La Berra y el Playón hasta el río Guaruríes.

Algo más cambiaría en Murmuquena. Dentro del escenario tranquilo de su infancia campesina, el nombre y los avatares de su aldea se confundían en la más ancha dimensión con Venezuela. En la intimidad de su verde fortaleza, por la ventana del porvenir, comenzaba a asomar el ceño prematuro de Alberto Adriani.

 

 

I.                   GENTE E INFANCIA

 

 

Tú habías nacido para ser libre, para realizar

Valiente y totalmente tu pensamiento

AMIEL. (Diario íntimo)

 

 

 

Zea ha sido uno de los núcleos venezolanos donde la comunidad ha rendido mayores beneficios al hombre en sí y al destino de su geografía. Ha sido tierra de paz y solidaridad. La homogeneidad de la pequeña clase dirigente en los factores étnicos, culturales y económicos, ejerció profunda influencia en la vida del poblador de la campiña.

La raza conserva en aquel ambiente las características fundamentales del colonizador hispano, con el aporte diluido del mestizaje con el indio.

En el área de la cultura, la total asimilación del poblador a la religión católica le imprimió signos espirituales que fortalecieron siempre su fe, su optimismo, su práctica permanente del trabajo, su apego a la austeridad en las costumbres, su hospitalidad limpia y espontánea y el ejercicio apasionado de la honradez.

Tierra de medianos y pequeños agricultores, el café ha sido su riqueza secular. El delicioso fruto le ofreció días de esplendor y temporadas de hondas crisis. Hay teóricos que insisten en que este cultivo, como el del cacao, tiene prerrogativas esclavizantes, y que se prestó a la explotación del campesino por el intermediario, el industrial y el exportador. Según ellos, los grandes hacendados del arbusto sabeo, que llamara Bello, cebáronse como los buitres sobre los jornaleros en los diferentes procesos del beneficio.

En nuestra Venezuela retrasada y empírica; tal panorama no fue privativo solamente del café. La ausencia de justicia distributiva afectó todos los órdenes de nuestra economía. Y, como rector de ella en la zona andina, la inseguridad de los precios en el mercado internacional, determinó por igual a todos los que intervendrían en la producción del café en sus diferentes rangos de aprovechamiento. El fracaso del jornalero coincidió siempre con la quiebra del hacendado. La falta de renovación de las plantas y de experimentación de nuevas variedades contribuyó al envejecimiento de los cultivos y a la creciente pobreza de sus cosechas. Fue un drama común, que se comprende con mayor claridad cuando tareas más retributivas generan, como en la actualidad, la decadencia de las plantaciones y la escasez de los obreros.

Nuevos alicientes ofreció al poblador de Zea, como al habitante todo del macizo andino, la apertura de la carretera panamericana. El viejo cafetero se transforma hoy, en las ricas regiones que atraviesa la gran vía, en ganadero o en sembrador de frutas menores.

Es este el panorama de la tierra vinculada a la vida de un gran venezolano y honrada con la obra que pudo realizar en corto tiempo.

Tuvo Zea la suerte de tener grandes maestros. Grandes por la humilde tenacidad y la noble abnegación del formador. Hombres de la misma fibra de Rafael Antonio Godoy, de Orencio Bencomo, de Jacinto Mora y de Pedro Briceño en los pueblos de Mérida. De la vieja escuela de Egidio Montesinos, el gran institutor de El Tocuyo, para citar uno solo entre tantos apóstoles de la enseñanza en otros días de la atrasada patria de Simón Rodríguez.

Tres nombres llenarían los anales pedagógicos de Zea en el último medio siglo: Félix Román Duque, Rafael Rondón Peña y Rita Mora de Barrios. Tenían, además de la vocación de la enseñanza, el amor a las letras. Los tres dejaron testimonios de la emoción lugareña en sus cuadernos de notas y en las memorias de los hijos. Los hijos fueron también maestros y escritores. A la enseñanza y a las letras, Don Félix Román Duque entregó el talento y la clara voluntad de sus hijos: José Román, Emiro y Alirio Duque Sánchez. Maestro en su mocedad, periodista durante toda la vida e historiador de grandes méritos, ha sido Rafael Angel Rondón Márquez, hijo de Don Rafael Rondón Peña. Y familia de muy despierta dualidad intelectual son los Barrios Mora. Todos han hecho armas en la educación. Crítico literario de muy disciplinado temperamento es José Ramón Barrios Mora; devoto de la filosofía, Antonio José. Y de muy inquieta formación intelectual, sus hermanas, también educadoras.

Pueblo hospitalario y recogido –a veces recoleto-, ciudadela de la intimidad, Zea tiene la estructura física y espiritual de un colegio. Mientras, en las ramas verdes, el cafeto desgrana sus rojas ambrosías, el libro se abre sobre las plácidas colinas o a orillas de la vega, donde se juntan los ríos que van a orquestar la sinfonía ritual del Guaruríes.

 

Los pequeños poblados son como los árboles frondosos. Reparten a la atmósfera su carga de frescura en relación con la vastedad robusta de sus gajos. Musicalizan el paisaje grato con el instrumental variado de los pájaros, cuyas familias pueblan sus anchas ramazones.

Hay pueblos que nacen, viven y mueren hacia adentro. Puede ser su discurrir sentimental, pero no parecen alojar ni la pena ni la gloria. Se esconden tras el ancho gris de la neblina o con los dardos cenitales del candente sol. Pero no comparten con el viajero ni la melancolía pensativa de la atmósfera, ni el aliento reavivante del calor.

Otros tienen la suerte de lo cósmico. Es el destino de la generosidad. Y la bondad no tiene obligación de aparecer siempre extrovertida. Para Zea, este el símil ejemplar.

Todos los pueblos del mundo –un mundo tan grande y tan pequeño, porque es redondo y se encuentra por todos los sinfines- tienen sus nombres. En Zea hay nombres antiguos que nacieron cerca de la cordillera. Y hay nombres recientes, que vinieron a guarecerse bajo la frescura de su naturaleza.

Velazcos, Méndez, Carreros, Valbuenas y Ramírez, Márquez, Barrios, Escalantes, Altuves, Moras, Andrades y Rondones, son las piedras de los cercados de la vieja heredad. Lo son también los Martínez, los Sánchez y los Duque. Entre Zea, Tovar, Bailadores y La Grita, se interponen apenas, como guardianes de la neblina, los silenciosos páramos. La propiedad genealógica en los fraternos Andes sólo es mito.

En el solar prosperan apellidos más nuevos, de gentes muy antiguas. Entre la isla de Elba y la montaña de Venezuela, la distancia es también corta. Lo dicen los Adriani, los Giordano y los Mazzei.

Ah, los Mazzei…! Silvio y Olimpia, entre ellos, tan ítalos, tan venezolanos, tan ejemplares…

Son todos la vieja y la nueva gente, ambas cruzadas sobre la misma arteria, las dos dirigidas por el mismo camino hacia los azares del porvenir. Por El Amparo, viajarán a los pueblos de la cordillera y al centro de Venezuela. Por el camino de mulas que hormiguea en la roca, a Santa Elena, al Lago de Maracaibo. Y a los dominios del relámpago del Catayumbo.

Fuera de la lógica la afluencia de la colonización española y del pequeño tinte exótico de razas teutónicas traído por los Beltzares en la época de la conquista y por el Gobierno del General Páez, en los primeros años de la República, para integrar la colonia Tovar en la zona montañosa del Estado Aragua, dos corrientes inmigratorias empezaron a desarrollarse en Venezuela, a mediados del siglo XIX, con intenso parecido étnico y cultural: la de la isla Córcega, perteneciente a Francia, y la italiana. Formadas, en su mayoría, por artesanos y pequeños agricultores, impartieron fisonomía peculiar a algunos poblados de Venezuela: Río Caribe y Carúpano, en el Estado Sucre; Caripe, en el estado Monagas; Araira, en tierras de Miranda, próximas al fertilísimo espacio de Barlovento; Monte Carmelo, en la serranía trujillana y Santa Cruz de Mora y Zea en el estado Mérida.

La atracción inicial de estos inmigrantes la constituía el llamado familiar del europeo ya adaptado al atrasado y virginal espacio de aquella Venezuela. El proceso desconocía cualquier dirección de orden técnico. Desde Italia destacaban por su número su número los viajeros de origen meridional, la parte más atrasada y pobre de la península: calabreses y sicilianos, con mayor urgencia de trabajo y de bienestar que la mayoría de sus compatriotas, se adaptaban con mejor suerte al nuevo suelo. Igual historia se repetía con los mismos protagonistas del éxodo europeo en las diferentes regiones de América: desde el Estado de Nueva York hasta el Cabo de Hornos.

La Isla de Elba, en el archipiélago toscano, aportaba a estas corrientes una contribución más reducida pero más selecta, por su proximidad a la costa mediterránea de la Italia del Norte, su mayor cultura y un tipo tradicional de vida más avanzada. Vecinos de los corsos, los habitantes de la isla de Elba daban a la inmigración, que recibía de Venezuela, un perfil similar.

Todos aquellos adelantados del Viejo Mundo vinieron a América a trabajar: en unos, el impulso inicial tuvo más acento de aventura; en otros más determinación de la necesidad. Sortearon inquietud civil de la nueva patria anarquizada y belicosa. Y cuando no pudieron eludir el áspero turbión de la contienda fraticida, se hundieron, para salvar sus bienes y aclimatar sus apellidos, en los oscuros torbellinos del plomo y de la pólvora, para montar estrellas sobre los hombros de las curtidas guerreras, absorber el polvo implacable a lomo de famélicos rocines y compartir la carne salpresa maloliente, y el aguardiente de los misteriosos callejones en las noches turbulentas del vivac.  

Todos vinieron a trabajar. La guerra, en aquellos días, era también parte del trabajo. Y como eran valientes y tenaces –y un poco soñadores- al izar bandera blanca en cualquier colina pasaron en las aldeas y pequeños poblados de la cuchara del albañil y el serrucho y el cepillo del carpintero a ser los hacendados y dueños de hatos y aserraderos de la fatigada Venezuela.

 

Cuando José Adriani llegó a Venezuela, empezaba a morir una épica centuria, para abrirle camino menos duro a nuevos tiempos. Moría un nuevo intento continuista en el crepúsculo melancólico del Doctor Raimundo Andueza Palacio. Salido de su tierra natal, la Isla de Elba, desembarcó en Maracaibo el 7 de diciembre de 1892 con su esposa Doña María Mazzei, del mismo origen. Frisaba en los veinticinco años. Una edad maravillosa para abrirse caminos, para formar un hogar, para educar una familia para asegurar el paso tranquilo de la ancianidad.

En el año de 1894, el primer Adriani se estableció en Zea. El pueblo había sido destruido por el pavoroso sismo del 28 de abril. Polvo y escombros era el balance físico de muchas ciudades de la cordillera venezolana. Fueron, pues, Don José y Doña María dos de los nuevos fundadores. Así, la siembra de su estirpe sería más clara y más creadora. Era el inmigrante activo, que enaltecería su hijo Alberto, por contraste con las clases pasivas, resignadas al fatalismo y la eventualidad en todo la extensión de un país heroico hechicero, bondadoso y desorientado.

En el ambiente rural descritos en estas páginas, empezaron a crecer la familia y los bienes: los bienes del corazón y los de la fortuna. Dentro de este marco étnico, cultural y económico se forjó la estirpe de los Adriani, en la primera generación: Domingo Atilio, Amadeo Silvio, Alberto, Elbano y Delia María, hoy señora de Méndez Escalante.

En Zea, nació, pues, Alberto Adriani, el 14 de Junio de 1898, entre el ocaso trágico de Joaquín Crespo, el Caudillo Liberal y el temblante mandato de Ignacio Andrade. En escalas elevadas de gobierno, los Andes no causaban ni arte ni parte de la política venezolana. Un año después, tras la consumada aventura de los 60, llegarían al poder. O, más bien al Capitolio Federal. ¿Cuál sería la nueva suerte de la República en las manos de los reservados montañeses?

Este niño rubio, hijo de italianos, quien juega sonriente con los barrotes de la cuna, podría dar mañana, si el destino lo permite, la más hermosa respuesta, la más creadora solución.

 

 

II.                 EL CULTIVO DE LA INDIVIDUALIDAD

 

Todo cultivo –y aún culto- de la individualidad

Es inseparable del cultivo de la humanidad, de lo

Universal y absoluto en nosotros, o, si se quiere, de

los fines divinos en el orden del mundo.

 

FRANCISCO GINER DE LOS RIOS.

 

 

En los grandes hombres, su formación es, en parte, producto de la su calidad intrínseca. Poco influye en ella el escenario en el que crece y actúa su personalidad. Los factores que intervienen, con más acentuada persistencia en el cultivo de la individualidad son los de orden espiritual sumados a la experiencia de la vida en el trato con las gentes. Es un fenómeno de simplicidad que casi siempre escapa a la existencia trepidante de las grandes ciudades.

Cuando se piensa en la formación de Alberto Adriani, que tiene por alborada y por crepúsculo su tierra provinciana de Mérida, se recuerda, por ejemplo, la de un Manuel Palacio Fajardo, un largo siglo atrás, que tuvo por escenarios fundamentales su provincia barinesa y, también, Mérida. Muchos hechos similares asoman a las páginas de la historia de América, desde los días de la generación de Independencia. Los grandes hombres traen desde la cuna su fuerza y su destino. Bolívar pasa desde los salones elegantes de la Europa de su dorada juventud hasta los azarosos campamentos de la guerra más sangrienta: del pulido dandy al gran Caítán y Estadista. Y Páez, el fornido jinete y agilísimo lancero de la epopeya, antiguo ayudante del negro liberto Manuelote, llega por el camino que alumbra el triunfo y el poder al cultivo de las letras y a la emoción del canto en el pentagrama que le recuerda las dianas triunfantes de Carabobo.

 

La infancia y parte de la adolescencia de Alberto Adriani transcurren en Zea. Por constraste con su clara inteligencia, es un niño introvertido. Piensa mucho y habla poco. Los libros son su pasión permanente. Es alumno excepcional del Colegio Santo Tomás de Aquino del maestro Félix Román Duque. De Alberto son las mejores notas del colegio. No solamente es relevante en las materias del programa escolar sino que cada día sorprende con nuevos conocimientos arrancados a la inquietud silenciosa de la noche poblana o de los días de soledad de las haciendas paternas de Bejuquero y Guaruríes, donde suele pasar los fines de semana y las vacaciones colegiales.

Bondadoso pero callado, porque su silencio no es fruto del egoísmo es mejor oyente que interlocutor. Es un montañés venezolano. Sus hermanos Domingo, Amadeo y Elbano transpiran más calor mediterráneo. Su elocuencia parece confundir a Alberto, quien alterna sus lecturas con la atención cuidadosa al diálogo de los peones y arrieros que trabajan en la heredad familiar. Delia María es la suave musa de la familia. La madre es el hado más fino del hogar.

Hacendados y pequeños propietarios suelen visitar a Don José. Alberto oye hablar de las promesas de las cosechas. De los precios del café que traen los últimos Boletines de la Situación Comercial enviados por las casas exportadoras de Maracaibo; de la situación de la oferta y la demanda del fruto en los mercados de Nueva York y de Europa; de la competencia del Brasil, excluyente para la ventajosa colocación del producto en los mercados mundiales, por su monstruosa producción; del mejoramiento científico de la especie en Colombia y en países de la América Central. A veces el criollo mezcla en sus cálculos la superstición. Son temas que escucha el niño con mayor interés que el ruido de los juegos infantiles. Este mundo del esfuerzo, de las cifras, de los valores y de la competencia, es el que se abre con mayor facilidad ante sus claros ojos.

Pero, para poder entender con mayor facilidad al mundo y penetrar los problemas de los hombres, es menester saber muchas cosas más. Conocer las lenguas de mayor uso para la relación de los pueblos. Profundizar en los secretos de la filosofía para interpretar las reacciones de los semejantes. Y el muchacho, mientras cumple las tareas escolares, se da por cuenta propia, a la búsqueda de las fuentes necesarias y precisas.

 

Entre los años de 1914 y 1916, el joven Alberto Adriani estudia en Mérida. Ya ha pasado la verja florecida de los quince años. Pero, más que cronológico, su tiempo le resulta especial. El brillante bachillerato que cursa parece en él sólo un pretexto para ahondar en disciplinas más vitales, algunas muy lejanas del pensum oficial. Hurga bibliotecas de amigos y pequeñas librerías. Le apasiona la geografía, la historia, la sociología, las ciencias exactas y la filosofía, que puede, indiferentemente, leer en inglés, en italiano o en francés, como en la propia lengua de Castilla.

Más tarde – más temprano que tarde- aprenderá alemán. Y llegará a familiarizarse con el Derecho Internacional Público e Internacional Privado. Y con los principios, normas y precedentes de la diplomacia universal. Pareciera presentir la intensa brevedad de su vida y el apretado lapso que el destino le imponía para cumplir su gran deber de venezolano y de hombre universal. ¿A cuál otra razón podría atribuirse el acelerado proceso de su formación? ¿Por qué en su estructura cerebral la suerte junta antípodas tan extrañas?

En el campo de la vida espiritual, Alberto había dejado sólidamente impresa en su casa de Zea la luminosa huella de su paso. En 1914, su padre, Don José, incorporó al inventario familiar un nuevo bien: la imprenta con la cual regaló a sus hijos. En el modesto taller, Elbano Adriani y Rafael Ángel Rondón Márquez, el primer cirujano de gran prestigio y el segundo periodista e historiador de notabilidad en el presente, imprimieron el periódico “El Impulso”. Alberto no colaboraría en sus columnas en sus columnas en esa época. Ocupado en sus estudios y en su ambiciosa formación, le era suficiente saber que su pueblo y su casa tenían una nueva voz proyectada hacia el mundo de la cultura. Su nombre apareció en la segunda época del periódico –la primera duró primer año contó con doce apariciones- entre 1924 y 1927. En sus artículos enviados desde ultramar estaba ya impreso el sello de su desbordante personalidad. Era el hombre formado para la cita inaplazable del destino. Para el programa de acción.

Sin embargo, en ese año de 1914, a los 18 años de edad, Alberto Adriani empieza a revelarse en sus escritos íntimos, en sus notas de la primera juventud, como un hombre de sereno pensamiento, con clara visión de su porvenir. De un cuaderno extractamos este pensamiento de su pluma “Hay en la vida del hombre que aspira a ser grande dos como imperiosa necesidades que deben existir si se quiere llegar a tal: la emulación y una moderada ambición, virtudes que han formulado los grandes hombres, que pueden considerarse como causas eficientes de las grandes empresas”.

 

Para acusar tal fuerza de pensamiento desde la adolescencia un concepto ético filosófico es fundamentalmente en la conciencia del hombre. Adversando el materialismo burgués del siglo XIX, confesaba a Mariano Picón Salas: “Existe una vida espiritual que no está enteramente sujeta, como pensaban aquellos materialistas, a lo fisiológico”. Pero, como era un espíritu controvertido, en trance de apurar la luz de la verdad, precisa seguir con cuidado sus ideas y determinar las rectificaciones de un temperamento sensible pero cerebral. Si, desde Ginebra en 1922, escribe en carta a Picón Salas: “Para una actividad tenaz e iluminada, no tengo, después de perdida la religión, sino unas normas de filosofía que una crítica constante se afana en disolver, pero contra todas las dificultades algo se hace”, en 1930 envía desde Washington al diario “Patria” de Mérida un vigoroso ensayo titulado “El catolicismo angloamericano y la acción social”, que lo señala como un creyente de profunda sensibilidad cristiana, con sentido autocrítico sobre las fallas en la práctica de su religión en materias que apasionan a un mundo caótico, urgido de justicia social.

Leyendo aquel hermoso ensayo, a los treinta y cinco años de haber sido escrito, el pensamiento de Adriani, por su valentía y claridad, se confunde con el de Jacques Maritain y encuentra cabida luminosa en las más modernas interpretaciones de la Doctrina Social de la Iglesia Católica, en las admirables encíclicas de León XIII, Pío XI, Pío XII, Juan XXIII y Paulo VI y en el tesoro de las grandes transformaciones aprobadas en el último Concilio Vaticano.

Extractemos algunos párrafos esclarecedores del artículo del Doctor Adriani. Dice así:

La rigidez de sus normas, sus tradiciones milenarias y su admirable organización jerárquica han asegurado a la Iglesia católica tal unidad y solidez, que las más hostiles corrientes espirituales de nuestra época se rompen ante sus puertas, sin lograr desintegrarla. Actualmente el mundo atraviesa una de las más graves crisis de su vida moral e intelectual, que recuerda la que se desencadenó en el mundo antiguo cuando el Imperio Romano sacó de su aislamiento a todos los pueblos asomados al Mediterráneo; confundió sus dioses, sus culturas y sus leyes; y los puso a vivir al amparo de la Pax Romana. Esta crisis está desintegrando religiones, filosofías, culturas y civilizaciones, pero la Iglesia católica continúa imperturbable ante la tremenda marejada….

“Admitido que la Iglesia es universal, como lo indica su nombre, es necesario convenir que sus dignatarios y sus fieles son, después de todo, venezolanos, holandeses, alemanes o chinos. Las instituciones católicas son las mismas para todas las naciones desde un punto de vista que podríamos llamar teórico. En la práctica, las idiosincrasias de cada pueblo acaban por imprimirle una fisonomía particular.

“La Iglesia católica en los Estados Unidos parece animada por la misma voluntad de optimista y agresiva que distingue al pueblo estadounidense. El católico angloamericano quiere ser ejemplar… En Brooklyn, suburbio de Washington, el pueblo de los Estados Unidos edifica la catedral de la Inmaculada, que será la suntuosa mansión que hayan nunca levantado los hombres de Dios. Junto a la Catedral –testimonio elocuente de la generosidad del pueblo católico angloamericano- que será el más rico, mejor equipado y más influyente instituto científico de la catolicidad. En la Avenida Massachusetts, Vía Apia del Imperio Americano, están las sedes nacionales e las más vastas y poderosas organizaciones laicas del mundo católico. Habríamos de emplear otros superlativos para calificar algunas otras de sus empresas y realizaciones. Los ejemplos citados bastan para demostrar que en los Estados Unidos la Iglesia católica es ambiciosa, militante y agresiva.

“En la generalidad de los países latinos la iglesia católica pone especial énfasis en las prácticas culturales o litúrgicas. En los Estados Unidos, el servicio social o la acción social recibe de la iglesia atención incomparablemente mayor. Servicio Social es actualmente la divisa de toda la estructura corporativa de este país. Cada iglesia es centro de multitud de sociedades culturales y de acción social. Por ejemplo, el Cura Párroco de la Iglesia de San Mateo de esta ciudad dirige 14 sociedades, de las cuales una tiene por objeto el mantenimiento de la escuela para niños protestantes…

“El informe sobre la acción social de la Arquidiócesis de Nueva York, correspondiente a 1928, permite darse una idea de las actividades de la iglesia Católica anglo-americana. Durante el año de 1928 la Arquidiócesis consagró la suma de un millón, ochenta y ocho mil cuatrocientos y cincuenta y dos dólares con noventa y tres centavos a actividades sociales y obras de caridad. Con dicho total, la Arquidiócesis contribuyó a la asistencia de familias necesitadas y menesterosas; al sostenimiento de hospicios para niños huérfanos; al tratamiento y curación de enajenados; al mantenimiento de hospitales, a la redención de penitentes; al sostenimiento de instituciones de consejo y ayuda para el mejoramiento de las condiciones de vida; a la acción social entre los niños; al sostenimiento de casas para inmigrantes; al establecimiento y gestión de hoteles para mujeres empleadas en la industria y el comercio; y al éxito de muchas otras actividades del mismo orden. Es de observar que la Arquidiócesis tiene más bien la misión de integrar la vasta y multiforme acción social de las organizaciones seglares y laicas, y que sus contribuciones constituyen solamente una parte del total….

“Todas las actividades del clero católico y de la vasta red de organizaciones laicas, que se cuentan por decenas, tienen su centro de dirección e integración en la National Catholic Welfare Conference…. Durante el breve período de su existencia esta organización ha ejercido una influencia profunda y altamente beneficiosa. Gran parte de su tiempo ha sido dedicado al estudio de problemas sociales contemporáneos, tales como las relaciones entre el capital y el trabajo; el trabajo de la mujer en las fábricas y oficinas; las restricciones artificiales a la natalidad, la inmigración, la educación, etc. Sus actividades han recibido una y otra vez el beneplácito de su Santidad Pío XI en la encíclica hecha pública el 19 de diciembre de 1929….

 

“Toda obra social se realiza sin mengua, al contrario, con positivo beneficio de la actividad estrictamente cultural. El católico americano se siente agradecido de la acción providente de su Iglesia y orgullosa de creciente influencia nacional. Todos los que han podido asistir a las Iglesias Católicas de los Estados Unidos, deben haber sentido admiración ante el celo, la devoción sincera y el fervor comunicativo que el católico anglo-americano pone en el cumplimiento de sus deberes religiosos. Esta ejemplaridad del católico americano es uno de los factores que hacen de la Iglesia Católica la comunidad religiosa más expansiva de los Estados Unidos. Sus tránsfugas son rarísimos, mientras que el número de los convertidos se cuentan cada año por decenas de millares. Casi todo el mundo conviene en que la iglesia católica posee actualmente una autoridad moral mayor que la de ninguna otra iglesia…

“El catolicismo americano es ciertamente digno de admiración y es de esperarse que le servirá al mundo católico de inspiración y de ejemplo. Durante toda la edad media –la gran edad del misticismo religioso, de la justicia social y de las catedrales prodigiosas- la iglesia católica fue admirable instrumento de progreso, de justicia y de paz entre los hombres. Ahora en los Estados Unidos, la iglesia católicos revive tan admirables tradiciones. Dios quiera comunicarle a los otros pueblos católicos la misma inspiración y el mismo fervor cristianos”.

No han faltado algunos escritores y políticos o simplemente lectores, que han pretendido presentar a Adriani simplemente como un economista, de talento indiscutible, pero con espíritu de autómata, cuyo frío raciocinio fraternizara solamente con la rigidez inalterable de las cifras y quizás con las conclusiones descarnadas de la dialéctica materialista. No han sido extraídos de sus papales los anteriores párrafos para comprobar su fe, que es bien conocida, sino para confirmar que, como hombre de perdurables convicciones religiosas, le incitaba la perfección del culto que entregara al servicio del pueblo y a la causa de la justicia toda su influencia, todo su poder y la mística de sus creyentes. Porque era un venezolano con mística social y sabía y le dolía que su pueblo viviera en medio de un atraso ignominioso y de una miseria inexplicable, dirigió la luz de su talento al estudio de la economía. Él venía, su signo arrancaba de las grandes experiencias de la historia. Su formación era un proceso de ese Destino ya fijado. Y fue menos el esfuerzo para forjar su cultura, que las luchas interiores que hubo de empeñar para decidir el signo de una filosofía cristiana y creadora, a través de los rudos vericuetos de la duda anhelante y de la gran fe.

Cronológicamente, estas páginas han acercado, para dar una sola imagen, dos épocas de la vida de Adriani. Será siempre el mismo en vertiginoso ascenso. Corre el año de 1919. Dos años ha pasado en la hermosa y tranquila ciudad de Santiago de los Caballeros de Mérida. Su cultura h sobrepasado, sin punto de comparación, las exigencias del modesto bachillerato provinciano. Tiene el respeto de las gentes cultas de la reposada urbe, que acogen la admiración unánime de profesores y camaradas de liceo del joven merideño. Les gusta sacarle las palabras a este muchacho introvertido y escuchar sus opiniones sobre los más modernos escritores europeos e hispanoamericanos, sobre el proceso lejano de la Primera Guerra Mundial, sobre la situación de los mercados internacionales y otros aspectos que la falta de comunicaciones aplazan al conocimiento de las gentes de una lejana provincia de América.

En cuestiones sentimentales, confunde por su sobriedad y su discreción. Alguna carta de aquellos años merideños, tomada de sus papeles de muchacho, acusa al actor que se empeña en ser discreto con los curiosos y consigo mismo. Revela al hombre en la visión de su porvenir. He aquí algunos párrafos de la copia:

“Al amor inmediato y lejano que es mi obsesión. Pues que apareciste, al fin soy dichoso. No te conocía, pero te tengo aprisionada ya aquí en mi corazón… Y es para ventura de la gloria que mañana cobijará mi vida, que le hayas prestado más calor, que le hayas infundido tu aliento, que la impulses hacia la realidad…. Yo quiero asegurarte, si aprecias en algo lo que te prometo que nada me apartará de ti, porque mi alma siente que en sus andanzas en pos de gloria y para alcanzar sus ideales, tú eres la sola insinuación, su sola grande ayuda. Te envía todo el corazón, ALBERTO”.

El 21 de diciembre de 1916, Alberto Adriani entregó en Mérida al jurado del liceo anexo a la Universidad de Los Andes su tesis para optar al título de Bachiller en Filosofía y Letras, que fue aprobado por la Comisión Nacional de Instrucción Secundaria en Caracas el 17 de octubre de 1916, con la firma de Cristóbal L. Mendoza. La tesis de bachillerato era consecuencia de una reforma de la Ley Guevara Rojas “Psicología Comparada. El tipo Criminal Nato ante la Sana Filosofía” es el título del trabajo de graduación. Sorprende la erudición de Adriani que revela en el citado estudio. No son frases amañadas para cumplir una formalidad simple. Recorre las páginas de la historia universal desde los más remotos tiempos. Exhuma y compara teorías. Cita los más notables penalistas. Golpea la filosofía materialista y ataca a Lombroso y a sus seguidores. Y saca conclusiones que, para su edad y en su tiempo, sorprende por su serenidad y claridad.

Era ya un hombre con garra para la lucha de los conceptos.

El 16 de diciembre de 1916, viajó a Caracas. Dejó la ciudad de su primera formación. Vio con intensa melancolía, detrás de su nueva ruta, los nativos campos de Zea. Algún día volvería a las haciendas paternas de Bejuquero y Guaruríes. A dialogar con los arrieros y peones, con los pequeños comerciantes y con los hacendados. Haría con gran dignidad el oficio de campesino, a pie y a lomo de mula, entre los bovinos y las rojas cargas del cafeto. Y seguiría formándose en el silencio, discreto como en el verso del poema. “Para conversar conmigo, me bastan mis pensamientos”.

 

 

IV. LOS AÑOS DE CARACAS

 

 

Estoy resuelto a todo por Venezuela; ella es mi

madre, de su seno ha salido mi ser y todo lo que es

mío; a ella, pues, debo consagrar todos los

sacrificios, hasta el de la gloria misma

BOLÍVAR

Dos largos años, cruentísimos, lleva la primera guerra mundial, originada en el asesinato en Sarajevo de Francisco Fernando, heredero del trono austro-húngaro, el 28 de junio de 1914. Alemania y sus pequeños satélites por un lado y, de otra parte, Francia, Gran Bretaña y Rusia están en la órbita del conflicto. En el curso fatídico de esos meses, los rusos han sido derrotados en Tannenberg, se ha liberado la primera batalla del Marne, ha comenzado la guerra submarina con el hundimiento del “Lusitania” por Alemania; Verdún y el Somme han sido escenarios de monstruosos combates en tierras de Francia; y los aliados presionan sobre los Estados Unidos para que declare la Guerra al Imperio Germano.

 

Es indudable que, para el universo, comienza una nueva época. El 6 de abril de 1917, los Estados Unidos se alinearán con los aliados. Pero, de marzo a noviembre del mismo año, el ejército y la marina rusos harán abdicar al Zar, a quien sucederá el gobierno transicional de Kerensky hasta que el viejo imperio moscovita caiga en manos de la revolución bolchevique el 7 de noviembre. Si es cierto que la intervención del Pentágono hará inclinar la balanza de la fortuna sobre el campo aliado, en cambio, sobre la tierra se proyecta un nuevo gigante agresivo peligroso: la Rusia Comunista.

Este es el panorama mundial del primer tiempo de Adriani en Caracas. Le sobran temperamento, frialdad e inteligencia para dilucidar estos fenómenos. Pero, en su país, la situación es poco halagadora. El doctor Victoriano Márquez Bustillos –un abogado trujillano de familia muy distinguida, talla mediana, bigotes ensortijados y astucia muy bien alimentada- sirve la Presidencia de la República por mandato de Gómez y bajo el mandar de Gómez. Será esta una de las frecuentes argucias del caudillo de diciembre. Acentuación de la dictadura y aparición del petróleo, son dos signos paralelos. Los estudiantes se remueven y el General cierra la Universidad. El “Ejecútese” y el “Refrendado” están a la orden del jefe. Y las cárceles y el exilio también.

Cuando la Escuela de Derecho volvió a abrir sus aulas, Adriani se incorporó al grupo de estudiantes. No le interesaba la Jurisprudencia como profesión. Pero ¿qué hacer? La economía era una palabra superflua en la Venezuela gobernada por el labriego vidente de La Mulera.

La promoción de compañeros que encuentra en la golpeada Universidad no es desalentadora. Tiene valores juveniles, de inteligencia muy despierta y de clara ambición científica. Si la política, como es natural, parece ajena a su conducta, la calidad humana intelectual de la mayoría promete buenos frutos. Brillarán en la literatura, en el foro y al servicio del Estado. Son amigos y contertulios de Adriani en aquellos días, Mariano Picón Salas, Jacinto Fombona Pachano, Manuel Egaña, Juan Bautista Clavo, Agustín Aveledo Urbaneja, Federico Guevara Nuñez, Luis Loreto, Juan Carmona, Enrique Arapé, José Manuel Hernández Ron, José Manuel Padilla y Odoardo Morales, entre otros. A algunos, como en el caso de Leopoldo Ortega Lima, la muerte se los llevaría temprano. Otros salvarían durante veinte años más el tremendal peligroso de la dictadura hasta llegar a una costa de más atrayente claridad, a veces náufragos sobre el bajel espontáneo del miedo y del terror. Profesores en la Escuela de Derecho eran Esteban Gil Borges, Pedro Itriago Chacín, Celestino Farrera, José Santiago Rodríguez y Alejandro Urbaneja, para citar los más notables. Jurisconsultos y humanistas, a ratos los tentó el demonio de la literatura.

Para no aburrirse en un medio estrecho y abúlico, Alberto Adriani discurre en aquel ambiente. Pero no estaba allí su camino, ni se complacía en esas disciplinas su voación. Al contrario, le proyectaban en sus meditaciones la misma sombra resignada de la Venezuela que, en un siglo de desorientación republicana, apenas alcanzaban a culminar en Juan Vicente Gómez. País de un diario recomienzo, de un constante remendar de Constituciones para uso de los déspotas de turno. A pesar de esa situación y, precisamente por ella, Adriani seguía tocando otra ventanas de la inteligencia: las que le hacían mayor falta a Venezuela para mirar hacia soluciones más sólidas y estables.

Conveniencias de la política internacional obligaron a Gómez a nombrar Canciller de la República a Esteban Gil Borges. Por simple temor al ridículo o por otras razones que no es del caso precisar, Venezuela tardaba en ponerse al lado de los Estados Unidos con la declaración de guerra al imperio Alemán. Corría el riesgo de represalias por parte del poderoso vecino, aún cuando nuestro país jugase el papel de –como dice el proverbio- salir de Guatemala para caer en Guatepeor. Gil Borges tenía amigos poderosos en el Departamento de Estado. Su nombramiento y el cambio de conducta del régimen, fue la solución inmediata a los temores.

 

Gil Borges hombre de muy variada cultura, de criterio ponderado y de proceder honesto a carta cabal. Entre sus discípulos, Adriani había conquistado la mayor estimación del maestro, quien le abrió las puertas de la cancillería y el tesoro de su confianza. De viejos y empolvados infolios de aquel Despacho, de la correspondencia con las Legaciones y del frio análisis de los asuntos exteriores del Estado, Adriani sacó gran provecho. De la hojarasca, extrajo la raíz. Y empezó asomarse en forma directa al panorama de un mundo conmovido por los problemas de mayor complejidad.

Si bien, el joven Secretario del Canciller solía alternar fugazmente con sus coetáneos y amigos, Mariano Picón Salas, Jacinto Fombona Pachano, Juan Miguel Alarcón y Efrain Cayama Martínez, en los corredores del Ministerio o a la salida del Despacho, no es menos cierto que sus diálogos parecían más bien monólogos. Seguía siendo el montañés callado, modesto, ajeno a la publicidad y a la audacia desordenada de la juventud. Prefería la elocuencia muda de los papeles. La variada sabiduría de los libros. Su amigo de infancia, el escritor Rafael Angel Rondón Márquez recoge en hermosa nota necrológica sobre su coterráneo la siguiente anécdota: “Y bien recuerdo que una vez el doctor Gil salió de su despacho para dar una orden a Adriani y le encontró sobre el escritorio un ejemplar del “Arte de Amar” de Ovidio. Ya Adriani tenía fama de austero y dijo el doctor Gil Borges “El bachiller Adriani cuando lee inmoralidades las lee clásicas”.

Así era. Al revisar la corta obra que dejó el frustrado estadista y al saborear su estilo preciso en que faltan los errores y no sobran las palabras, se advierten las raíces profundas de su formación cultural. De haberse dedicado a las letras, hubiera sido uno de los grandes clásicos de nuestra Venezuela. La individualidad que alentaba en su pensamiento, el cultivo acentuado del criterio y el saber que los conceptos no pueden ser estáticos si pretenden salvar los mutables escollos de la vida y de la filosofía en el campo de lo profano, eran condiciones que lo alejaban de esos intelectuales de docilidad autómata, quienes asimilan teorías discutibles, como si fueran dogmas de fe y tienden, con lastimosa suficiencia, barreras de sectarismo entre sus ideas y las ajenas.

A medida que avanzan aquellos años caraqueños, Adriani siente cada vez con mayor insistencia la necesidad de irse al extranjero. La primera guerra mundial ha terminado. Los catorces puntos de Wilson –el Tratado de Versalles, en suma- no ofrecen perspectivas de mejorar al mundo. El imperialismo ya asoma nuevas caras. Y Venezuela sigue siendo un país cerrado, proclive a la dominación, buen pagador de sus deudas y mejor servidor de los poderosos

En 1921 habrá de celebrarse el centenario de la batalla de Carabobo, con fiestas rumbosas y rimbombante despliegue de oratoria oficial. En Nueva York se inaugurará en tal oportunidad un monumento a Bolívar, con asistencia del Presidente Warren G. Harding. El grano de sal sobre la boca del súbdito. El Gobierno de Venezuela envía una lujosa delegación al país del Norte. La preside el doctor Esteban Gil Borges. Como Secretario viaja Alberto Adriani. De manera alguna, regresaría pronto. En sus papeles llevaba el nombramiento de Cónsul en Ginebra.

 

Una vez más, Gil Borges ratificaba su esperanza en el porvenir del joven merideño. En tal oportunidad escribió a Don José Adriani una carta que, por su propia elocuencia, vale la pena transcribir:

  

 

Caracas, 14 de marzo de 1921

 

Señor José Adriani

Zea

 

Estimado Amigo:

 

                Me es muy grato comunicarle que el Gobierno ha designado a Adriani para desempeñar el Consulado de Venezuela en Ginebra. Es precisamente porque Ginebra es hoy asiento de la Sociedad de las Naciones, que se le asigna a este Consulado mucha importancia, y que se ha buscado para ejercerlo una persona que como Adriani tenga las superiores condiciones de capacidad, de laboriosidad, honorabilidad y la suficiente preparación. Por todas estas cualidades él merece la plena confianza del Gobierno. Es indispensable que los jóvenes que reúnen, como Adriani, estas excepcionales condiciones, vayan al extranjero a acabar su preparación para ser mañana útiles al país. No dudo que esta designación será grata para usted porque ella significa honor, aprecio y ventajas futuras, para quien como su hijo ha merecido esas distinciones. El espera su consentimiento, y yo me permito solicitarle de Ud., porque jamás se presentará una ocasión de preparar su porvenir en circunstancias tan favorables como las que hoy se le ofrecen.

Lo saludo muy cordialmente y me congratulo con Ud. Por esta designación.

Su atento servidor y amigo,

 

E. Gil Borges

 

 

La suerte le haría una mueca desagradable. En el fondo ¿Qué importaba? Adriani era ya un destino en marcha.

 

A fines de marzo de 1921, Adriani viajó a Norteamérica con la Delegación acreditada ante el Gobierno de Washington para las ceremonias de la inauguración de la Estatua del Libertador en Nueva York. Sus amigos le acompañaron hasta el viejo y estrecho muelle de La Guaira. Dejaba su Venezuela para ir al encuentro del mundo. El amado país seguiría, como hasta entonces, gravitando en sus sueños de reforma y de grandeza.

 

Para los muchachos de su generación, la partida de Adriani fue un acontecimiento. Hasta en el momento difícil que traslucía de sus permanentes monólogos era un joven maestro. En carta que le envía Mariano Picón Salas al nuevo destino, se traduce aquella fraternal inquietud, no exenta de juvenil curiosidad. Es un documento que, en parte, revela ya el temperamento del que llegará a ser también un valor de Venezuela. Leámosla:

 

 

Caracas: junio 11 de 1921

Querido Adriani:

 

                Si los deseos fueran realidad, esta carta mía sería la trigésima o cuadragésima y no la segunda que te escribo. Pero no he podido, no precisamente por exceso de trabajo que me conoces bien y sabes que yo amigo y devoto de otro género de excesos soy temperante en lo que toca a trabajar sino por sobra de neurastenia, de fastidio. Tienes ya tres meses de haberte ido y si regresaras me encontrarías en el mismo sitio y en la misma actitud de espíritu en que me dejaste: por sobre mi cuarto y mis libros pasa de semana en semana alguna buena mano compasiva que alinea las cosas y les quita el polvo, pero luego vuelven a sumirse en el desorden que tú tan bien conoces. Mi pereza, mi falta de energía, mis caídas no tienen cura. Sin embargo a veces lo intento y entonces trabajo con tesón tres, cuatro, cinco horas. En estos días he estado preparando unas notas sobre la evolución de la literatura hispanoamericana que me pidió el Ministro de Instrucción Pública para unos profesores norteamericanos que vendrán en julio a hacer, bajo el Ávila, un curso de verano. Quisiera que estuvieras aquí para leértelas pues como tú lo sabes –siempre que un recóndito motivo sentimental no me lo impide- acato como muy certeras y muy armoniosas tus observaciones. ¿Y de tu vida? Tu vida ha sido muy pública en estos tres meses: por todas partes el Secretario del Sr. Ministro de R.E, en los periódicos que venían de los Estados Unidos. Me contenta la publicidad de esa vida porque quizá te haya sido muy provechosa; habrás gozado sin duda porque por más meditador que sea uno, por más libros e ideas que haya tragado, siempre se es un joven. A Clavo le cuentas con frases escandalosas el encanto de las criollas de Cuba:

 

Poesía dulce y mística

Busca a la blanca cubana

Que se asomó a la ventana

Como una visión artística

 

Llena de un prestigio asiático,

Roja, en el rostro enigmático,

Su boca púrpura finge.

 

El resplandor de una estrella

Que fuese alma de una Esfinge!

 

Y te ha convenido porque tu temperamento es de los que rehúsan la publicidad, no, concediéndole  ninguna importancia que ella tiene en un país como el nuestro donde la Mentira es constitucional, sino con un temor casi pueril, lo que te convierte a ti mi grave y sobrio amigo, en una especie de Alarcón a la inversa. Se me ocurrió en este momento la disparatada analogía y no quiero pasar esta carilla de papel sin enunciártela. Alarcón cuando ve en un periódico que le dicen a fulano “que es un elemento descollante de la juventud intelectual o cualquier otra necedad por el estilo” se deplora y se lamenta porque no se lo dicen a él a pesar del “Poema de las Margaritas”. A ti te da temor de que te lo digan por no creer merecerlo o por los comentarios de la gente. Y una de las más eficaces maneras de entrarle en nuestro país a los burgueses, los generales, las señoritas y otros animales de análoga familia espiritual es por medio del periódico.

 

De todos los sucesos y vulgaridades de la urbe te creo bien informado por los periódicos capitalinos. Cayama me dijo que había escrito un Memorandum a propósito de ciertos asuntos. Se preparan grandes fiestas para Carabobo. Los dos panegiristas de nuestros héroes escogidos por el Gobierno Nacional son Vicente Dávila y el Dr. Urdaneta Maya.

 

Yo todavía en la Biblioteca hasta el 22, fecha en que esperamos al Dr. Gil y demás miembros de la misión.

 

Nada más por hoy. Espero una tuya muy larga. Me has compuesto con sintéticas tarjetas postales.

Te abraza,      

Mariano

Copiada textualmente, con su ambigüedad y su ortografía original, esta carta del Picón Salas de los años 20 es ya doble retrato de dos venezolanos de profunda significación en la vida nacional. Sus rasgos iniciales no cambiarán. Adriani continuará en ascenso más apegado a los hechos que a las palabras y a los halagos. Picón Salas perderá su espíritu crítico –autocrítico también- que nutrirá sus grandes libros y su polifacético talento.

Diez años después, Adriani regresará a Venezuela, nuevamente hambriento de campiña, de soledad, de meditación y de sencillez modeladora y útil. Al dejar el barco en La Guaira, pasará por Caracas, con aire campesino, rumbo a su nativo Zea, ansioso de recrear sus visiones agrestes de la pradera suiza en las vegas indígenas de Murmuquena.

 

V. LA UNIVERSIDAD DEL CAMINANTE

Es necesario prepararse para los días que pueden

venir. Todo debe crearse en Venezuela. En la

instrucción, en la economía pública, en la prensa,

etc., hay puestos y tarea para cíclopes. Mañana, si

el destino lo quisiera, toda la maquinaria del Estado

podría estar sobre los hombres de nuestra

generación, es necesario apercibirse desde ahora

De esa posibilidad.

ALBERTO ADRIANI

(de carta a Picón Salas,

Ginebra 4 de diciembre de 1923).

 

La estatua del Libertador quedó inaugurada en el Central Park de Nueva York. El Canciller Gil Borges pronunció un discurso de orden. Escritor de estilo admirable, historiador y sociólogo de profunda cultura, mentalidad de cristiano acento filosófico y patriota a toda prueba, la pieza leída en aquella mañana del verano de 1921 en la gran metrópoli de América es una de las más perfectas y puras oraciones que pluma alguna haya concebido en memoria del Padre de la Patria. La obra de aquel titán de la epopeya, la profética visión del estadista y su grandeza en la hora fría de renunciación refulgen en aquellas páginas de la más acabada elaboración.

Antes de ocupar la silla de Seijas, Gil Borges había servido a su país en numerosas y responsables misiones diplomáticas, por ascensos normales desde los cargos de menor jerarquí en legislaciones y consulados. Entre los años de 1908 y 1920, brilló en la Universidad Central como profesor de la Cátedra de Historia y Filosofía del Derecho y abrió los Cursos de Especialización Diplomática. Algún comentarista de su obra escribirá años después: “Sus discípulos de aquel tiempo lo evocan como un Taine o un Fustel de Coulanges que hubiera nacido en nuestras tierras tropicales, pero que sabe enseñar con el cuidado estilo, la clara síntesis y la esmerada documentación de los maestros de Francia”. Obras como “Ideas de la Filosofía del Derecho”, “Lecturas Académicas” y “El Símbolo”, así como “La Vida del Derecho”, que dejó inédita, hermanaban al humanista y al esteta en sus más armoniosas dimensiones.

Para una estructura mental, poblada de tan salientes virtudes, la patria era un deber y era un trabajo. Y las palabras que, en la pluma y en la boca de Bolívar, habían edificado las bases jurídicas y sentimentales de los pueblos por él libertados, no podían ser condenados al ardor del holocausto adulatorio de caudillos primarios, ni consumirse en la pira desvergonzada que América levantaba, de norte a sur, en honor de todos los jinetes de la opresión. En un hermoso ensayo titulado “Destino de las Ideas”, Gil Borges trazaba con magistral valor los deberes éticos del hombre público. Era la suya una cabeza poblada por una gran conciencia.

El nombre del general Gómez no apareció en el discurso del Canciller. Bolívar quedaba solo, con su gloria y con su obra, en aquella oración magnífica del austero humanista. Conmovióse la oratoria profesional de Venezuela. En los oídos del Caudillo de Diciembre se golpeó el grito de protesta de los consagrados pico de oro de las patrias epopeyas. La ola furiosa de los desagravios al jefe empezó a caer con los aguaceros de junio bajo el cielo tropical. Y el maestro Gil Borges conquistó la cima del equilibrio ético y perdió la silla del Ministerio de Relaciones Exteriores. Volvería a ocuparla con mayor prestancia a la muerte del viejo Dictador de las Delicias. Si bien, el doctor Pedro Itriago Chacín, el modesto Canciller del llano, había mantenido con discreto pulso el estilo que su amigo y compañero imprimiera a los negocios de la vieja casa, quedaba mucho polvo y telarañas para desalojar, en quince años en que la buena voluntad y el talento no pudieron sustraerse a los periódicos embates del empirismo.

Volvería Gil Borges al despacho, ya nevada la cabeza pequeña y sabia, tímida la sonrisa del atardecer fecundo y alta la filosofía de un alma fuerte y generosa.

Cumplida la misión en Norte América, Adriani embarcó para Europa. No escapaba a sus presentimientos la suerte inmediata que habría de tocarle. Su gran amigo y protector, el Doctor Gil Borges, pasaría de Canciller a exiliado. A su regreso a Caracas, Gómez prácticamente lo ignoró y puso oídos sordos a las sugerencias que se le hicieron para que lo recibiera. La política aldeana escapaba a su encuentro, como si se tratara de un enfermo contagioso. Curiosa paradoja, sólo le visitaban el Ministro norteamericano y el encargado de la Cancillería, Doctor Itriago Chacín. Gómez lo sabía y, para no causar desconcierto, aprovechó sabiamente esa coyuntura. En lo que dice a Adriani, era simplemente el ex –Secretario de Gil Borges, elevado a la categoría de Cónsul en Ginebra.

Fue designado, pues, nuevo Ministro de Relaciones Exteriores el doctor Pedro Itriago Chacín, de viejas y distinguidas familias de los llanos orientales del país, a quien los venezolanos recuerdan como el canciller del llano o el canciller de Zaraza. Era Consultor Jurídico del Ministerio confiado a la sabiduría de Esteban Gil Borges, Escritor, jurisconsulto y profesor universitario, gozaba del justo aprecio de sus compatriotas. Autor de “Esbozos Literarios y Jurídicos” y  “En la Cátedra”, libros de consulta  para los estudiosos del Derecho y de prosa amena para el simple lector, su nombramiento para reemplazar al doctor Gil fue, dentro de aquel estado de cosas, el más sensato. Si no escaseaban en el elenco burocrático del Servicio Exterior muchas nulidades apoyadas, también disponía el régimen de hombres notables en la representación diplomática, con prestigio intelectual y con pericia en los negocios extranjeros, como José Gil Fortuol, Diógenes Escalante, Caracciolo Parra Pérez, Santiago Key-Ayala, Aristimuño Coll, Julio Sardi, Pedro César Dominici, César Zumeta y otros que la frágil memoria desliga del recuerdo. Es preciso reconocer que el régimen del General Juan Vicente Gómez nunca fue mezquino en estas elecciones.

Tres meses cortos pasó Adriani al frente del Consulado de Venezuela en Ginebra. Su destitución no le cayó por sorpresa. El la esperaba estoicamente. Una carta de Itriago ratificaba discretamente las razones. “Usted sabe –le expresaba- cómo son las cosas en este país y me veo en la necesidad de reemplazarlo. Pero aprovecharé la primera ocasión para utilizar sus buenos servicios”. Con la fina carta del Canciller, recibió el 18 de septiembre de 1921 la nota oficial que contenía la resolución del retiro de sus obligaciones.

No eran ni en el Consulado ni otras funciones burocráticas el aliciente de su vida en Europa. Le interesaba sobremanera el ambiente físico, humano, social y económico de los pueblos que gravitaban, en procura de grandes soluciones, en torno a la joven Sociedad de Naciones. Le inquietaban el movimiento de las ideas filosóficas y las transformaciones económico-sociales que la postguerra señalaba a un mundo caótico e inseguro. Se encontraban allí los hombres de todas las naciones que buscaban en la Liga de Ginebra una respuesta a su seguridad en el porvenir, frente a las ambiciones de las potencias triunfantes, ansiosas de recuperar en territorio y en mercados su aportación  a la derrota del Imperio Germano. Desde la penumbra de las tardes ginebrinas, se veía proyectar en la distancia la marcha de las camisas pardas y de las camisas negras y de los puño cerrados con los brazos en alto.

Si los puntos del Pacto de Versalles se disgregaban en el panorama de una nueva frustración, que quizás no advirtieron en su hora ni el Presidente Wilson ni el “Tigre” Clemenceau, los pueblos vivían la justa locura de cambiar sus oxidados moldes, aun cuando les tocase renunciar al ritual gastado de la tentadora oferta democrática, para trocarlo por las duras fórmulas totalitarias. De las propias bases del pasado armisticio, surgía ya la amenaza de la segunda guerra mundial.

Para la mentalidad investigadora de Adriani, aquel momento era apasionante. No podía encontrar mejor campo de aprendizaje. Ginebra era la nueva Escuela. Europa, el mundo todo, la ampliación del escenario. En estas circunstancias, reanudó en la Universidad ginebrina los estudios de Ciencias Económicas y Sociales.

La parquedad en la conversación y la aversión a la manía gesticulante significaban en Alberto Adriani el conocimiento profundo de las palabras y el uso adecuado y preciso de los conceptos. Para hacerse comprender no necesitaba ni las manos ni el despliegue teatral de las facciones. Sin embargo, iba directo al contacto con las inteligencias que podían dejar en su vida algún sedimento de principios útiles. El mismo lo confesará en carta dirigida al doctor Eduardo Arroyo Lameda, a propósito de la desvalorización del bolívar: “Créame sincero cuando le digo que tan solo me considero un humilde estudiante, deseoso de aprender. A mí me sucede, como debe sucederle a Ud., que me incomodan ciertas críticas provenientes de personas que ni siquiera intentan estudiar las cuestiones antes de opinar; pero nunca me disgusta, por el contario, me agrada la crítica que viene de personas que tienen algo interesante qué decir, después que le han dedicado siquiera poco esfuerzo”.

En otra ocasión, señaló: “Ante la imbecilidad, hasta los dioses se tornan impotentes”.

 La Ginebra de aquellos días le ofrece, en el trato con las figuras representativas de un mundo convulsionado, muchas posibilidades de aprovechamiento mental. Por las Oficinas de la Liga de Naciones desfilan prestigios tan probados como los de Aristides Briand, Benes, Venizelos, Van Zeeland, Carlos Sforza, Titulescu y muchos otros. No perderá ocasión para escucharles, e inclusive, como en el caso de Benes, creador con Thomas Masaryck de Checoslovaquia, de plantearle problemas relacionados con la organización mundial y el destino de las pequeñas naciones. El sabe que hay países pequeños, pero no pequeñas naciones, en los planos del Derecho Internacional.

Un observador tan agudo como él no es proclive al empleo del sofisma para forjar conclusiones sobre el inmediato porvenir de los pueblos. El nazi-fascismo no es una perspectiva borrosa en el presentimiento de aquel estudiante organizado. Ve asomar también el puño totalitario en las tierras inmensas de la Rusia liberada de los Zares. Siente, por anticipado, que se derrumban los patrones económico-sociales en aras de una hipotética equidad en beneficio de todos los pueblos. Desde entonces, esa perspectiva, queda fijada en su criterio. Pudiera en aquellos años del 21 al 24 haber escrito y firmado la carta que, desde Zea, enviaría diez años después a su amigo Manuel Arocha, Secretario de la Delegación de Venezuela ante la Sociedad de Naciones, en la que le decía:

“He seguido con atención los sucesos de Europa, pues eso sí, no he dejado de recibir revistas y periódicos de los Estados Unidos y de Europa. Francamente te diré que ya no creo en la cooperación internacional. La experiencia de Londres ha desvanecido la fe de los creyentes más obstinados. No hay duda de que todos los Gobiernos están decididos a afrontar la crisis económica en el terreno nacional, con medidas de carácter nacional, aún cuando se den perfectamente cuenta de que solo mediante la cooperación internacional es como pueden restablecerse un alto nivel de prosperidad. A mí me parece que el nacionalismo económico –y el no económico- es en las condiciones del mundo moderno completamente inconveniente, pero hay crisis que es necesario vencer y hasta ahora toda tentativa para organizar la cooperación internacional ha sido infructuosa. Se comprende que los hombres que tienen la responsabilidad del poder se hayan decidido al fin por el nacionalismo.

“He seguido el duelo de Mussolini y de Benés. Reconozco que Benés es un gran hombre de Estado. Pero, desgraciadamente, solo tiene por detrás un pequeño país dividido, y las alianzas lo obligan a asociarse a la política francesa, que es una política míope y sin audacia, dirigida solo a conservar la privilegiada posición que le dieron la victoria y el Tratado de Versalles. Es posible que las ideas de Mussolini no sean tan elevadas como las de Bénes, en el sentido de que están inspiradas más por el interés de Italia que por el interés de Europa. Aún  cuando Benés tampoco olvida los intereses de Checoslovaquia. Pero hasta ahora Mussolini ha mostrado tener más audacia que Benés, su política se ha adherido más a las realidades europeas, y ha conseguido mayores resultados. Es posible que por otra vía se vaya a la cooperación internacional, por lo menos en el campo reducido de Europa, una cooperación obligada. En la sociedad internacional, como en la sociedad nacional, no es posible una cooperación durable sino mediante la coacción. Es la hegemonía de Atenas, Roma, Francia, Inglaterra, etc., la que hizo posible largos períodos de cooperación y de paz. Quien sabe que otra hegemonía asegurará la cooperación de Europa y del mundo”.

 

El nacionalismo, con diferentes signos, comparecía en el escenario mundial. Las potencias triunfantes en la Primera Guerra Universal no habían previsto en toda su dimensión determinante el fenómeno. No habían seguido en la rueda de la fortuna ni en el azar de la ruleta cósmica otros intereses que los suyos. Sin Alemania –entonces como hoy- no podría afirmarse la ley del equilibro en Europa. La Italia atrasada, dividida y empobrecida aún percibía en el eco de su historia los clarines del Imperio Romano. “Civis romanus sum”. Soy un ciudadano de Roma. Parecería ingenua esta alusión, pero los dictados de la historia nunca han perdido poder de sugestión en las diferentes épocas del mundo. Porque Turquía había sido asiento de un antiguo y fuerte imperio, Kemal Pacha encontró bases para abonar la corriente nacionalista y para volver a poner a su país en el camino de una moderna civilización sobre la estratégica encrucijada eurástica.

Dentro de aquella atmósfera de contradicciones, de intereses imperialistas y de intereses defensivos, todos marcados con la etiqueta nacionalista, de un capitalismo avasallante y de una masa organizada, Adriani examinaba así los fenómenos, las causas y los resultados de la situación que primaba en el mundo: “El capital sin trabas se concentró en grandes organizaciones, a veces colosales. Las masas organizadas se asociaron en poderosos sindicatos. Estas organizaciones capitalistas y obreras se hicieron tan poderosas que acabaron por construir un Estado dentro del Estado y convirtieron la política en una actividad marginal. El estado liberal, agnóstico en economía indiferente en la política y en moral, cuya norma era gobernar lo menos posible, que no concebía sino al individuo aislado, no sabía defenderse de esos grupos que lo atacaban. Los conflictos sociales vinieron a demostrar que el individuo aislado no existe, es una abstracción. Sus intereses serán siempre los del grupo de los cuales forma parte. En consecuencia de esta verificación, y respondiendo a necesidades y aspiraciones de ciertas sociedades actuales, el nuevo Estado es anti-individualista, anti-parlamentario, anti-liberal, intervencionista y autoritario.”

Al referirse a la autarquía económica y analizar a la vez, con sólidos razonamientos, la política cerrada y la de comercio libre, concluye en que “lo realmente importante es una política que aumente la vitalidad nacional”. Por contraste con la ambición nacionalista de los países débiles, no oculta la perspectiva inmediata de la influencia de grandes naciones en los procesos mundiales del intercambio económico y comercial. Entonces escribe: “Se puede estar seguros de que la economía cerrada es posible en los pueblos pequeños y en los que ahora recorren las primeras etapas de su evolución económica. La opinión muy generalizada es que durante un período, que puede ser largo, se desarrollará el comercio imperial y transcontinental. Se redondearán grandes áreas capaces de controlar la más completa variedad de recursos, dentro de las cuales la vida puede alcanzar la mayor diversificación posible, donde puedan trabajar con el máximo rendimiento las grandes industrias de producción en masa. La mayor parte de estas áreas imperiales las tenemos ya a la vista: el Imperio Americano, el Imperio Ruso, con su nueva etiqueta de Unión de las Repúblicas Soviéticas, el Imperio Británico, el Imperio Nipo-Chino, en formación avanzada. Son estas las agrupaciones humanas que van a ser los grandes actores de la historia por venir. En ellas se vivirá la vida más intensa y se emprenderán los proyectos más incitantes”.

¿No es esta, a largo alcance, la voz de la profecía?

Alberto Adriani tenía una mentalidad universal. Pero l formación que lo llevó a abarcar, dentro de su inmensa y acelerada inquietud, la suma de experiencias del mundo en que vivía, estaba proyectada hacia su extraordinaria preocupación por Venezuela. No han faltado detractores que han pretendido, a través de la mala lectura de los escritores del gran venezolano, sorprenderle supuestas inclinaciones al fascismo. Adriani era cerebral. Sabía cuáles eran las gamas y las zonas de influencia de los nacientes Estados Totalitarios, llámense fascismo o comunismo. Pero estos mismos detractores, para los que el simple análisis ya significa convivencia y hasta pintoresca complicidad con las doctrinas y los hechos comentados, son muy perezosos y casi ciegos para advertir en el magnífico ensayo titulado “La nueva Alemania y Walter Rathenau”, enviado desde Ginebra en 1992, la clara emoción que sobrecoge a su autor ante el resurgimiento democrático de la patria de Goethe.

El aislamiento de Adriani del suelo patrio le fortalece en indagación de los problemas del mundo entero la pasión de su país y de América. A ratos piensa en un patriotismo americano, inyectado por una conciencia eficaz y beneficiosa del nacionalismo. Actualiza el ideal bolivariano de la unidad continental. Se detiene en las proyecciones del estado ideal creado por Bolívar y escribe: “Es oportuno que las tres naciones que forman la Gran Colombia, centinelas del gran bloque meridional, establezcan ciertas colaboraciones, que desarrollándose progresiva y metódicamente las incorpore en el potente Estado que soñó el Libertador”.

En obra tan corta, como la que va escribiendo –como las que dejará a la postre en vida tan rápida- sorprende hallar conceptos y alusiones sobre los pueblos más diversos, en lo que guarden de relación con las posibilidades y necesidades que le sugiere el futuro proceso de transformación de Venezuela, para el que se prepara con tan noble carga de esperanzas. No sólo le fascina la materia económica en la perspectiva nacional e internacional y en sus relaciones de interdependencia. Sabe – y lo asegura, lo proclama en artículos y en la relación epistolar- que la obra de construcción de un pueblo, de su gran pueblo, comprende la solución de los problemas nacionales más heterogéneos y complejos, como son la educación, la salud pública, la asistencia social, el fortalecimiento de la raza, la vialidad, la formación del espíritu público y, como factor fundamental, la justicia social.

 

Los años de Adriani en Ginebra transcurren plenos de aprovechamiento entre los estudios universales y el trabajo de Secretario de la Delegación de Venezuela acreditada ante la Sociedad de las Naciones, donde actuó, con la eficacia que le caracterizaba, en tres reuniones. Itriago Chacín había cumplido la promesa. Y el joven venezolano había hecho honor a su país, a su generación y al propio organismo internacional.

Aprovechó las vacaciones y los tiempos libres para visitar Francia, Italia, Suiza y otros países del Continente. Son admirables las notas y apuntes que dejó en cuadernos y cartas a los amigos sobre la impresión que le produjeron aquellos pueblos. En algunos de esos escritos, aflora sobre el talento del hombre concreto la huella de la poesía. Sugiere, con deliciosa elegancia, los finos acentos del humanista. Evoca, en bello paralelo, la ciudad lejana de la adolescencia, escondido bajo el arcoíris de las nieves andinas:

“Ginebra, con su sociedad decididamente cerrada y conservadora, vivero de instituciones puritanas, al pie del Monte Blanco, costeada por el Azve impetuoso que corre al pie de sus colinas, me recuerda en su espíritu y en su naturaleza a la lejana Mérida. Muchas veces he pensado en esa identificación de las dos ciudades que van a jugar un papel considerable en mi vida”.

En 1925 se trasladó a Londres. Allí pasó un año de absoluta entrega a estudios e investigaciones de carácter económico, circunstancia que no fue óbice para que su pasión de Venezuela le diera la oportunidad de hallar en la ciudad del Támesis la ubicación del Archivo Miranda. Adquirió los numerosos documentos para el Gobierno del General Gómez, pero la paternidad del descubrimiento la usurpó el amigo a quien Adriani confiara la suerte del hallazgo.

Es un dato más que revela el sentido de la grandeza del joven estadista. Se dio por bien servido al contribuir en este caso a cimentar la gloria del Precursor. Y quizás apenas confió a la intimidad de un amigo la verdad del hecho.

En 1926 llegó a Washington llamado por el doctor Esteban Gil Borges, quien, por sus méritos de capacidad y de prestigio, que había escalado la Secretaría de la Unión Panamericana. El doctor Gil había mantenido correspondencia regular con su antiguo discípulo y secretario y sabía de la conmovida huella de Adriani en tierras europeas. De acuerdo con el doctor Leo S. Rowe Director General del Organismo, le confió el cargo recién creado de Jefe de la División de Cooperación Agrícola de la más elevada institución interamericana.

Es curiosa la vinculación cultural de Adriani al mundo anglosajón. Los estudiantes venezolanos que salían al exterior preferían ubicarse en Francia, España e Italia. No saltaban las colinas de la cultura latina. En cambio, la formación de nuestro compatriota, sin excluir la encrucijada helvética, se nutre de fuentes alemanas y angloamericanas. La Suiza de Amiel, la Alemania de Goethe, la Inglaterra de Shakespeare, los Estados Unidos de Withman era patrias que, desde la profunda garganta de sus filósofos y de sus poetasm habían alentado las condiciones creadoras de sus hijos y el prestigio ascendente de los estados. En el estudio y el conocimiento de esos pueblos, se fue compactando su vocación de estadista. Y, paralela a esta formación crecieron en su inteligencia las más firmes ramas del humanismo, por contraste, como él escribiera, con “aquella juventud raquítica e ineficaz que tanto abunda en nuestro país, que teje estrofas a la luna y a las princesitas lánguida gastadas por la tisis, que hace paradojas y que infla sus hipérboles”.

Washington fue la última larga escala de Adriani, antes de regresar a Venezuela.

Tiene la hermosa ciudad los mejores alicientes para el desarrollo de una mentalidad inquieta. Es simple y es bella. Nada le falta. Ni el prodigio de la flor, que exhiben los cerezos, viajeros desde el Japón heroico y galante. Ni el discreto rumor, elocuente y filosófico de las aguas, que regala el Potomac. Ni la silueta sobria, fina y airosa de sus avenidas, parques y edificios, modelaba para encarnar la capital de una gran nación. Si perduran en los monumentos, también dialogan en sus grandes sombras las figuras estelares de Washington, Lincoln, Jefferson y Grant. Cerca está Mount Vernon, la casa histórica del gran Padre Tutelar.

La casa de la Unión Panamericana ofrece delicados aspectos y escenarios de todo el Continente de Colón. En soledad y en monólogos, que nadie determina y el eco ni difunde. Adriani se habrá preguntado muchas veces cuál es la América y dónde está la unión. Frente a la estatura del gigante, pasa inadvertido el brazo que llega hasta el Río Grande; y al sur, se esconde tímido, pobre y estrujado, un grande corazón.

 En los tres años largos que pasó Adriani en Washington realizó una tarea ordenada, sensata y útil, en relación con el estudio de los problemas de la agricultura en el Continente. A nueve años de su prematura desaparición, el Director General de la Unión Panamericana, doctor Leo S. Rowe, dejó clara constancia de aquella obra en documento en que escribía:

“Fue un insigne venezolano el Sr. Dr. Alberto Adriani, quien inauguró las actividades agrícolas de la Unión Panamericana; y no puedo menos que recordar con emoción muy sincera el entusiasmo y la eficacia con que colaboró en la preparación de la Primera Conferencia Interamericana de Agricultura. El doctor Adriani fue mi dilecto amigo y compañero de labores durante su permanencia en Washington, y su desaparición en plena juventud fue sin duda una gran pérdida para Venezuela. A pesar de su corta actuación pública –como la primera persona que ocupó la Cartera de Ministro de Agricultura y Cría y más tarde como Ministro de Hacienda. Dejó huella imborrable de buen patriota y hombre de ciencia y de ideas avanzadas, y sobre todo de fervoroso estimulante de la juventud y de trabajador incansable”.

 

Como elementos básicos para la divulgación y la consulta, el Jefe de la División de Cooperación Agrícola de la Unión Panamericana, doctor Adriani, creó el Boletín del Organismo y enriqueció la Biblioteca con libros, revistas y folletos relacionados con la agricultura en América. Aquel trabajo era de vasto alcance. Vislumbraba los más complejos procesos de experimentación y la producción rurales, en relación con las necesidades de los pueblos, los fenómenos de intercambio y la oferta y la demanda en los mercados internacionales. Junto a la necesidad inaplazable de la educación agrícola y de la incorporación de la ciencia a los procesos de la producción, comprendía el estudio de los mercados de consumo, el aporte de una vialidad barata y desarrollada, el crédito fácil y oportuno, la prestación de asistencia técnica, la protección de los recursos naturales, la obra común de la colonización con nativos e inmigrantes y los planes futuros de la industria de transformación, con el aporte y el beneficio de la empresa privada.

Si Norteamérica, por sí sola, era capaz de convertir en hecho ese amplísimo esquema de planificación, las pequeñas naciones de América Latina sólo podrían enfrentarlo sobre la base de la cooperación. La urgencia de tal procedimiento quedaba expresada en sus escritos de aquellos días de labor febril:

“En América, el desarrollo de la agricultura depende también de la difusión de la ciencia agrícola y de los organismos de investigación y experimentación. Solo así podrán aquellos países hacer más económica y más productiva la explotación del suelo, invertir con provecho el capital nativo y extranjero, atraer la inmigración conveniente y ponerse, en fin, en condiciones de competir con otros continentes en los mercados mundiales. Para potenciar los beneficios de tales instituciones, es necesario que se establezca, de algún modo, un órgano de cooperación, que impida los despilfarros que implica la duplicación de esfuerzos, ayude a la coordinación de los institutos de enseñanza, investigaciones y experimentación que se establezcan en los diferentes países, y procure, sobre todo, el estudio sistemático de los problemas de la agricultura en relación con la economía de todas las naciones de América”.

 

Esa fue la labor que se impuso en la Unión Panamericana. Esos fueron los postulados llevados en estudios, ponencias y resoluciones a la reunión de la Primera Conferencia Interamericana de Agricultura, Silvicultura e Industria Animal reunida en Washington en 1930. Los mismos precedentes siguieron en ascenso en la II Conferencia reunida en México en 1935 y en la Tercera, que tuvo por sede a la ciudad de Caracas en julio de 1945.

Huella imborrable dejó Adriani en aquel Organismo de las Américas. Tenía el más preciso sentido de la organización. Actuaba, como si mirara ya a un panorama de pueblos más crecidos, de razas mejor conformadas y educadas, de Gobiernos con un más racional concepto del poder, de la autoridad y del progreso.   

Si la experiencia adquirida en sus años pasados en Europa y en Norteamérica satisfacía muchas interrogaciones de su inteligencia de hombre europeo, nacido en el Trópico y hecho tropical, ya podría hacerse tarde para poner al servicio de Venezuela su densa preparación.

Ya había visto de cerca el movimiento de las fuerzas empeñadas en controlar para su provecho el pulso de los pueblos débiles. No se reconocía hecho para la vida muelle de la burguesía y para el tráfago ensordecedor e inútil de las grandes ciudades. Le empujaba el presentimiento de la vida corta e inactiva. Esta obsesión le haría escribir: “Todo el mal de mi vida lo constituye el tiempo que vuela y que envejece, y el temor de que esta vida se prologue, y al prolongarse me vuelva filisteo. Pero me someto al destino”.

El era ya un campesino de regreso a su lejana y silenciosa heredad. Un maravillado de la naturaleza y de su poder creador y bondadoso. Su nacimiento, su formación, su vida toda, ratificaban el pensamiento de Alfred North Whitehead, el viejo y sabio Profesor de Harvard: “La filosofía comienza en el maravillarse. Y, al final, cuando el pensamiento filosófico ha dado lo mejor, la admiración persiste”. La existencia es actividad que se funde constantemente en el futuro. El fin de la comprensión filosófica es penetrar la ceguera de la actividad respecto a sus funciones trascendentes”.

En Ginebra, en Londres y en Washington ha vuelto a leer a Juan Bautista Alberdi, cuyo pensamiento de estadista siente como un mandato irrenunciable: “Debemos continuar, si nos es permitido ese lenguaje, para tener población, para tener caminos de fierro, para ver navegados nuestros ríos, para ver opulentos y ricos nuestros estados. Los Estados, como los hombres, deben empezar por su desarrollo y robustecimiento corporal. Es necesario que haya un tipo nuevo, humano. El tipo de nuestro hombre debe ser para vencer el grande y agobiante enemigo de nuestro progreso, el retraso material, la naturaleza bruta y primitiva de nuestro continente”.

Adriani superaba en la cultura al autor de las “Bases”. Le igualaba en pasión y en ardor por el destino de su país. Tenía claro el escenario de la gran transformación que hervía en sus proyectos.

El primer problema radicaba en el propio retardo y abúlico del venezolano, en una como fatiga del poblador que lo reducía por fatalismo y por resignación a la más destructora pasividad. Para curar el mal de ese atavismo precisaba estimular con todos los recursos disponibles una inmigración conveniente en la edad de producción, de los veinte a los cuarenta y cinco años, integrada  por técnicos, agricultores, industriales y obreros, con cuidadosa exclusión de los anarquistas, agitadores y políticos, que pudieran introducirse en los grupos traídos al país. Por conducta y en función de estímulo, el inmigrante que, en su condición inicial de extranjero, no podía ingerir en los episodios negativos de la pugnacidad nacional, contribuiría a la creación de una sociedad organizada. Sería, desde el comienzo, clase activa.

Sobre la situación del país en sí, expresaba este criterio:

El atraso económico de Venezuela se debe al hecho de que la minoría culta, de que la clase dirigente, es sumamente reducida o, más que eso, de que la clase dirigente está compuesta de clases pasivas.

Estas clases pasivas han sido no solo un obstáculo para el progreso nacional, habiendo pesado demasiado sobre la producción, sino que han hecho imposible el papel del resto de la sociedad nacional.

Aumentar las clases activas en particular, hacer de las clases activas, clases dirigentes y de las clases dirigentes clases activas, es el gran problema de Venezuela”.

 

Son estos, apuntes tomados de sus papeles inéditos.

No es que fustigara en sí la existencia de estas clases que llamaba pasivas ni que pretendiera el monopolio de la conducción nacional en manos de la hipotética clase activa. Ello equivaldría a leer mal e interpretar peor el fondo de la cuestión. Pensaba en una sola gran clase activa con el aporte de todas las capacidades para arribar a la nivelación de una sociedad organizada, aprovechable en todos sus matices para la obra de la transformación material y espiritual de un país atrasado.

Sentíase Adriani presto a colaborar en esa formidable empresa. Sabía que era conducta culpable –dentro de los dictados de una patria próspera y un estado moderno- olvidar, para mal del habitante de Venezuela, las posibilidades extraordinarias de una inmensa Guayana sometida a la audaz aventura del cauchero enfermo y bárbaro y del cayenero buscador de diamantes en las orillas de los ríos indómitos y bajo el cobijo peligroso de la selva cómplice; dejar perdido en su silencio hierático y en su famélico esfuerzo al campesinado de los Andes, cada vez más amenazado por la erosión y el desamparo; continuar alimentando para argumento de novelista y para truculencias de relatistas pintorescos venidos de Norteamérica o de Francia los sortilegios del brujo, los desmanes del cuatrero y el terror de la malaria en los llanos inmensos; mirar con gracia los ojos de la muerte en el cayuco del contrabandista y la epopeya diaria del pescador ingenuo para asegurar el pan monótono y menguado de la familia hambrienta; y pasar como un viento huracanado sobre la vasta patria de los niños sin traje y sin escuela, de hijos sin apellido y sin socorro y de enfermos enrollados por el curandero en la misteriosa  cobija de unas yerbas ardientes y podridas.

Esa era la Venezuela que solo podría incorporarse de su postración mediante el esfuerzo cristiano y patriota de una responsable sociedad, organizada sobre la base de las clases activas, como la que proclamaba Alberto Adriani.

En 1930, Adriani estaba en Zea. Por su pueblo nativo recobraría el contacto material con la tierra venezolana. El Canciller Itriago quiso retenerlo a su lado. Le había hecho regresar de los Andes y nombrado Introductor de Ministros. Escaso tiempo duró el compromiso que, en circunstancias bien sabidas, el agraciado no podía eludir. Además, ese cargo era el anti-Adriani.

Con el regreso a la patria, terminaría para Adriani la universidad del caminante. Una hermosa casona de tipo colonial abrigaría sus meditaciones, sus sueños y sus esperanzas. Pasaba largas horas, días completos, nerviosas vigilias y madrugadas insomnes con sus libros hermosos, que anotaba en el idioma que estaban escritos: inglés, italiano, francés, alemán, español… Compartía con Don José, el padre agricultor y comerciante, la habitación del almacén y los muebles del escritorio. Dos puertas y dos ventanas a la calle, una hermosa mesa de 1,65 metros de largo por 1,55 metros de ancho, con artístico acabado y una ancha silla de madera.

Allí penetraba el rumor del viento andino. Hasta su mesa llegaba el eco ingenuo de la calle. La valija del correo que hacía el servicio en Zea, se llenaba con las cartas, libros y revistas del doctor Adriani. Era el pequeño poblado asiento de nutrida correspondencia con el mundo. Extraños viajeros iba hasta allá para visitar al iluminado peregrino del silencio retorno, a buscar sus opiniones, a interrogarlo sobre los fenómenos de Venezuela y del agitado universo. Estaba en Zea, como si el gran Juan Bautista Alberdi hubiera regresado a su nativo Tucumán, después de trasnochar en las trincheras mortíferas y escribir las “Bases”. Despachaba con puntualidad las colaboraciones que le pedían diarios y revistas del país y de otras naciones. Y mantenía con sus amigos de toda la vida una actividad epistolar de tal alcance que su colección ofrecería aún en nuestros días uno como texto irremplazable de síntesis y de solución de los grandes problemas que afectan la vida venezolana.

Contra su temor del simple vegetar como las plantas, se prolongará todavía el plazo para entrar en la acción urgente.

Vuelven los días de El Bejuquero, Guaruríes y las tierras fecundas del alto Escalante. Renacen los diálogos con hacendados, vaqueros y peones. Monta las bestias de la casa y explora las generosas campiñas. En ocasiones consiente a sus sobrinitos Pepe y Maruja.

Muchos monólogos debió trenzar en esas puras soledades. Desde el destino de su carrera hasta el silencioso azar del corazón, como el amor casi oculto y casi imperceptible de las cuatro o cinco mujeres que a rato le hicieran cerrar su perplejidad, frente a la sabiduría de los libros: la joven profesora y noble rusa que le enseñaba danzas en Ginebra; o el proyecto de hogar que concibiera en el creciente afecto a la hija de Gil Borges. Todos aquellos atractivos se habían diluido como la rauda sonrisa de la vida en las caprichosas encrucijadas de la suerte.

 

Entonces podría repetir la sentencia de unas de sus cartas:

Soy hecho para vivir como aquel monje Teótimo, de la palabra de Rodó en “Motivos de Proteo”, en una vida solitaria”.

Esa vida solitaria había sido, en gran parte, la mejor universidad del caminante.

 

 

VI. LA VOZ EN EL DESIERTO

 

Ni los caciques surgidos de una raza

Contemporánea del Padre Orinoco,

ni los hombres que a puro heroísmo

ganaron la independencia, ni los

descendientes de los más antiguos colonos,

han sido venezolanos, de modo más funcional

y sustantivo, que este hijo de italianos.

ARTURO USLAR PIETRI

 

Alberto Adriani estaba sometido al Destino, cuyos designios son indiscutibles, y, en la hora definitiva, inaplazables. Hasta la muerte del Presidente Gómez pasaría cinco años en Zea. Sus amigos y corresponsales de Venezuela y de otros países expresarían curioso desconcierto al saberlo en tan lejano y solitario anclaje. Adriani en una aldea perdida entre los Andes Venezolanos. El desconcierto no dejaba tranquilo el propio personaje. Por esta razón, si escribía: “Llevo una vida campesina, pero no tan salvaje como pudiera suponerse, y disfruto de una tranquilidad que no podría ser mayor en otra parte”, no se cuidaba de agregar: “Es bueno aquietarse los nervios”.

En verdad, le inquietaban los nervios. Pero no le desesperaban, porque era una entidad del equilibrio. Se había capacitado para hacerle frente a los complejos fenómenos político-sociales que aquejaban la vida venezolana. Pero su tiempo de actor en el urgente proceso de transformación de su patria tomaba para él un plazo de escalofriante aplazamiento. Para él, con su presentimiento de una existencia corta.

Fue entonces cuando optó por intervenir con sus artículos, conferencias y cartas, en ofrecer soluciones para conjurar las graves amenazas que sobre la economía nacional, por relación con la crisis internacional, cerníanse en el horizonte inmediato. Aquella cátedra admirable, de ingente patriotismo, de clarísima visión, estaba en Zea. Pero, en un país dominado por el empirismo de una vieja y enmohecida dictadura, su voz era, como en la bíblica expresión, la voz en el desierto, no obstante, algo se ganaría.  No por el ambiente, sino, precisamente, por reacción contra la fatiga de la nulidad que ese ambiente proyectaba. País de grandes latifundios que, desde la independencia, habían pasado de las manos de los libertadores a las de los guerrilleros y, en suma, a los usufructuarios del poder surgido de la aventura cuartelaría; país de ganaderías realengas, donde la propiedad se establecía con el “hierro” del llanero más fuerte o del mejor madrugador; campiñas sometidas secularmente al monocultivo empobrecedor de tierras y de frutos, sin renovación de las variedades, ni auxilio de abonos ni control de las plagas, Venezuela parecía más bien un vasto campo de exterminio, sometido a todos los rigores de la incuria y a los ingenuos sortilegios del atavismo tradicional.

No faltan interesantes anécdotas sobre el pensamiento del Adriani de aquellos años 33 y el 34, inmediatamente anteriores a la desaparición de la dictadura. Un amigo, con quien discutiera la necesidad inaplazable de acometer la empresa inmigratoria hacia Venezuela, con gente seleccionada, le confió sus temores sobre las desfavorables transformaciones que la inmigración pudiera acarrear a lo que él bautizaba pomposa y amorosamente como el alma nacional. Adriani escuchó los argumentos de su romántico interlocutor, con la tranquilidad que lo caracterizaba, para luego precisarle: -Amigo mío, si lo que resta del alma nacional que tanto apasiona a usted, son el chinchorro, el casabe, el aguardiente, el tambor, el cuatro y las maracas, la inmigración europea le hacía el más grande servicio a Venezuela, acabando con ese saldo tan poco edificante-. Fue infatigable en la prédica de este principio de renovación de las fuerzas humanas de la nacionalidad. Y en un país donde el terror llevaba en su carro de resignación a la indolencia, y el silencio al conformismo simple y comodón, sus palabras no cayeron totalmente en el vacío. El hambre nunca tiene buenos aliados en la zona de la prudencia social. Por contraste con el rigor de la dictadura de los últimos años de Gómez, la alarmante crisis económica que se abatía sobre el país le inyectó un poderoso aliento para analizar sus fenómenos más resaltantes.

Insistió en sus trabajos sobre la economía del café, que por los ruines precios del mercado internacional, acarreaba la quiebra de hacendados, comerciantes y exportadores y limitaba los menguados ingresos de los obreros, llamados jornaleros o peones. Relacionó la repercusión con los fenómenos del cambio y el valor del bolívar, amplió sus conocimientos a la urgencia de construcción racional de una vasta red de comunicaciones, sugirió programas vitales para la educación y el saneamiento y vinculó toda esa búsqueda y ansiedad nacional al nudo gordiano donde su mentalidad de estadista precisaba el punto de partida de las más responsable y coordinada tarea que demandaba el inmediato provenir: la población, asociada al proceso de colonización.

“Con un buen plan de inmigración y colonización –había escrito- Venezuela podría, pues, poblar sus territorios desiertos e incorporarlos a la vida nacional; diversificar su agricultura; desarrollar nuevas industrias y perfeccionar las existentes; contribuir al mejoramiento de su raza y a la nivelación de su cultura, especialmente en el dominio de la técnica con la de los pueblos más progresistas del Occidente; acelerar extraordinariamente su desenvolvimiento económico y social; integrar, en fin sus elementos humanos en un tipo nacional que perpetúe la integridad de la Patria”.

Coronaba aquella escala de admirables proyecciones, con pensamientos que fraternizaban con una vocación de patética grandeza:

“La Patria nos agradecería que encontráramos –u nuestro deber es buscarlas- las vías seguras de su propiedad y de su gloria. Ya van a cumplirse los cien años en que el Libertador abandonó esta vida terrena. No conmemoraremos ese día con ritos funerarios. Comencemos más bien empresas como las que él habría iniciado si estuviera entre nosotros. No podríamos tributarle más cumplido homenaje. Desde su Olimpo, en donde continúa vigilando sobre nuestro destino el Grande Hombre de América se exultará cuando raye el alba del día de grandeza y de gloria que soñó para Venezuela”.

Los últimos cinco años de Adriani en su nativo pueblo de Zea constituyeron una revisión de sus ideas, de sus lecturas, de sus concepciones económicas y sociales y de sus experiencias de viajero curioso e inquieto. Los libros de su biblioteca, que aun puede ser admirada en su casa natal, revelan la más compleja y heterogénea información. Las anotaciones en los textos indican que adeudaba sabiamente su lectura a la afinidad que le ofrecía sobre la realidad venezolana. Conocedor del pensamiento de los grandes creadores de América, seguía en el silencio de su aldea el consejo de José Martí: “El hombre virtuoso debe ser fuerte de ánimo y no tenerle miedo a la soledad, ni esperar a que los demás le ayuden, porque estará siempre solo ¡Pero con la alegría de obrar bien, que se parece al cielo de la mañana en la claridad!”.

No le atemorizaban tampoco ni las responsabilidades ni las difíciles tareas que la patria pudiera confiarle en los días por llegar. Era ya una mentalidad forjada al calor de las más severas disciplinas. Un carácter que no compartía ni el resignado atavismo de la Venezuela de Juan Vicente Gómez, ni el vacío antigomecismo de los opositores, según el cual el país no tenía otro problema que la vida del viejo Dictador. En este sentido, una carta de los últimos seis años constituyen clara apreciación de la situación de su país y programa de gobierno para la reforma democrática. Decía:

Hasta hoy se ha querido buscar salvación del país en la sustitución de unos hombres por otros más o menos parecidos y en los cambios teóricos de instituciones políticas. El fracaso de esos intentos ha sido definitivo. La vida política no es quizás la peor que tiene Venezuela. Todos los aspectos de su vida necesitan regeneración. Los esfuerzos que se hagan para mejorar la agricultura, el comercio, la religión, ect., contribuirán inevitablemente a la solución del problema político venezolano ha de buscarse y se encontrará más fácilmente por vías indirectas. El día en que Venezuela tenga hombres que sean mejores católicos, mejores agricultores, mejores comerciantes, mejores industriales, mejores médicos, etc., es dado esperar que tenga también mejores gobernantes. Lo que importa es cambiar esta Venezuela de hoy por otra Venezuela, que haya sido transformada en la totalidad de su vida. Es posible que otro gobierno sea más propicio para emprender la tarea de cambiar la naturaleza de los venezolanos, pero no abrigo el optimismo de muchos que se figuran que caído Gómez tendremos democracia perfecta. No tengo confianza si no en ciertos factores capaces de cambiar la totalidad de la vida venezolana en su esencia, como son la educación, la inmigración –una inmigración seleccionada puede ser extraordinariamente educadora-, la prensa y otros. Los cambios políticos pueden servir al progreso del país, pero solo la acción combinada de una serie de factores puede cambiar fundamentalmente a los venezolanos. Es de creerse que el estancamiento de los últimos 25 años será seguido por desbordamiento de actividad y de energías. Creo que una buena prensa, patriota y sensata y moderada, podría ayudar mucho los movimientos de renovación, tratando de seleccionar y de dirigir los esfuerzos desordenados que se hagan. Esa tarea de señalar rutas y de descubrir conductores es indispensable para el ímpetu y se concreta en resultados satisfactorios”.

¿Podría el país, desdeñar acaso, inteligencia tan madura, voluntad tan eficaz y voz tan honesta y tan valiente?

La hora final de un tiempo oscuro, lento y poblado de amnesias tropicales había llegado. Juan Vicente Gómez murió en su cama de madera de Las Delicias, en medio de la campiña aragüeña, cerca del circo, los potreros y el grueso bramar de las vacadas. Tiempo de pan y circo, que también se resistiría a morir cristianamente. La historia posterior no le resultaría muy inamistosa. Murió entre sus atribulados Tenientes. Tampoco aquella tribulación duraría muchos días. Saboreó aún el viejo panegírico en sus labios fríos de difunto. Se le enterró con duelo oficial y despliegue militar. Marchaba silencioso en el cortejo el fiel Rocín, con la silla huérfana y las bridas baldías. Compendio sociológico de la Mulera, las batallas de la Restauración y el goce del poder.

 

Como para el descanso glorioso de un emperador otomano, había hecho edificar en vida su grande mausoleo, en el corazón de Maracay, al lado de Alí, el hijo amado y con fosas adyacentes para los otros retoños de su dinastía rural. Quedaba horizontal, en medio de la campiña venezolana, alimentándose con el canto madrugador de los pájaros y la fuerte savia de las raíces de los samanes y de los araguaneyes. Fue un 17 de diciembre de 1930. Las actas del Registro Civil dicen también que nació en un 14 de julio sobre las tierras ásperas de la frontera venezolana. Donde desde niño asumió el inicial cayado del pastor, precursor del fuerte bastón del dictador. En el Estado Táchira, cerca de Colombia, algunos muros de piedra aún señalan los linderos de su primera experiencia de Califa rural.

Comenzó con la muerte de Gómez un nuevo capítulo de la historia de Venezuela.

¿Voces como la de Alberto Adriani seguirían clamando en el desierto?

 

 

VII. EL MINISTRO ALBERTO ADRIANI

 

Febril agitación nos urge, y un deber histórico

reclama empeño decidido al forjar la nueva vida

nacional. Precisamos los moldes para imprimir

fisonomía a nuevos caracteres. Hemos menester

de ejemplos para multiplicar lo positivo de la

acción y de la fe. Lo nuevo no tiene vigor de

trascendencia si no se afinca en la realidad propia.

Da impulso saberse renovador de un sostenido empeño,

revalorizador de un perdido gusto, o motor de una

empresa común.

RAFAEL CALDERA

 

A la muerte de Gómez, el Gabinete, con arreglo a pautas legales, designó al General Eleazar López Contreras, Ministro de Guerra y Marina de régimen fenecido, para ocupar la Presidencia Provisional de la República “¡El Rey ha muerto, viva el Rey!”, parecía decir la Venezuela hambrienta de tranquilidad en aquellos días, sobre cuya suerte se conjeturaban las más alevosas predicciones. Dentro de aquel Himalaya de cálculos, López Conteras fue un hallazgo feliz. La historia lo ha cubierto de respeto. Se impuso como la más discreta solución. El 24 de enero de 1936, el nuevo Gobierno creó el Ministerio de Agricultura y Cría, cuyos servicios era prestados en un mismo Despacho con los de Sanidad que también fueron constituidos en nueva Cartera Ministerial.

El 1º de marzo fue designado titular el doctor Alberto Adriani. Previamente, el Presidente López le había ofrecido el Rectorado de la Universidad de los Andes, que no aceptó por considerarlo ajeno a sus inclinaciones y estudios y a su vocación.

 

Fue, pues, el primer Ministro de Agricultura. Le tocó planificar la acción del Despacho y poner en marcha su mecánica. Entre sus colaboradores iniciales se contaban Rodolfo Rojas, Rómulo Betancourt, Manuel Felipe Rugeles y Rafael Angel Rondón Márquez. Solo cincuenta y nueve días estuvo al frente de la Cartera. Dos meses cortos de trabajo inagotable. Había trasladado al campo de la acción el esfuerzo febril que encarnara en sus años de formación. Muchas veces, la jornada diaria alcanzaba a las diez y seis horas. Entre sus primeras realizaciones se contaron la provisión de crecidos fondos al Banco Agrícola y Pecuario para suministrar a los agricultores anticipos a cuenta de las cosechas; y el acuerdo de pignoración de la producción de café y cacao, celebrado entre el Gobierno Nacional y el Banco de Venezuela. Emprendía Adriani lo que consideraba como la “acción metódica y tenaz”. En alocución dirigida por los canales de la radio a la Nación, expresaba: “En estos momentos la nación espera mucho de sus hombres fuertes, rudos y de buena voluntad de sus campos. No hay que dejar la tierra sin cultivos y no se debe permitir que el pan falte a los venezolanos”.

Fundó la revista “El Agricultor Venezolano”, cuyo primer editorial salió de su pluma. En apretada síntesis analizaba las causas del atraso de la fuente básica de nuestra economía, puntualizaba las transformaciones que habrían de ponerse en camino y concluía con estas expresiones de alta jerarquía patriótica y emocional: “El Agricultor Venezolano” será uno de los instrumentos de esa tarea. Mantendrá a nuestros agricultores y criados informados de las labores que el Ministro vaya realizando. Los informará sobre los servicios que pueda prestarles. En forma sencilla, clara y precisa, les enseñará los métodos científicos y los nuevos procedimientos técnicos. Presentará, finalmente, al país aquellos agricultores y criadores que más se distingan, que realicen empresas afortunadas, que lleven a la práctica nuevos métodos, que señalen la vía a seguir, que sean, en fin, el ala marchante de nuestra milicia agrícola.

Para toda esta labor, que responde a la voluntad de renovación que hoy anima al pueblo venezolano y a las necesidades vitales de la Nación, de esta Nación, que es y seguirá siendo durante toda una época principalmente agrícola, invocamos la colaboración de todos nuestros agricultores, que por laboriosos, honestos y sufridos, son la sal de nuestra tierra. Y pedimos el apoyo del pueblo que no vive en los campos –esos campos nuestros tan llenos de tristeza y abandono- en donde venezolanos animados de espíritu de sacrificio, con heroísmo silencioso, frente al desierto, las inclemencias de la naturaleza y las arbitrariedades y la codicia de los hombres, conducen una dura batalla en pro de nuestra economía y extiende las fronteras activas de la patria”.

En el Ministerio de Agricultura, apenas tuvo tiempo para empezar a moldear los trabajadores, limpiar el campo de la maleza y echar la semilla sobre el suelo abonado. Las espigas de aquella era infatigable siguieron creciendo hacia el futuro, sin que viera girar la piedra del molino, él, molinero de tan entera y sana voluntad.

El 29 de abril de 1936, el Presidente Constitucional de la República, General en Jefe Eleazar López Contreras, lo trasladó al Ministerio de Hacienda. En el curso de la historia de Venezuela, no había escalado el honor de ese Despacho un hombre de tan completa capacidad, formado específicamente para la obra que se le confiaba. Allí entró, por derecho propio, como en la casa de su responsabilidad. Retraído, más bien tímido, con aire de apartado campesino, ignoraban sus mismos colaboradores y las gentes que le visitaban que esas características era como la coraza cerrada del gran trabajador para defenderse de los importunos en beneficio de la gran tarea confiada a su talento y a su actividad.

 

Algún amigo del Ministro se quejaba de la tardanza en recibirlo. Al escuchar, en la oficina contigua, el reclamo, Adriani se limitó a comentar: -Le fatiga esperar media hora, y yo tardé treinta y ocho años para llegar a este Despacho-.

Como le informara su Secretario Privado, el gran poeta Manuel Felipe Rugeles, que obreros del Ministerio de Obras Públicas y algunos empleados del Estado preparaban una manifestación para protestar contra una posible reducción de sueldos y salarios, prevista en el Presupuesto Anual que el Despacho de Hacienda sometería al Congreso en sesiones, Adriani replicó: “-Dígale a los manifestantes que pasen frente al Ministerio para informarles de la situación e indicarles donde y como se están dilapidando los fondos de la Nación”.

Profundamente honesto, firme en los propósitos de bien e impacible frente al desorden fiscal, el Ministro era hombre que no rehuía las responsabilidades, cuando consideraba que estaba asistido por la razón y la autoridad.

Coincidía su ingreso al Ministerio con la publicación del llamado Programa de Febrero, del Presidente López Contreras, y la reunión de las Cámaras Legislativas. El Ministro de Hacienda era una estructura oxidada. Los nombres de Santos Michelena y Román Cárdenas, quienes habían regido el Despacho a mediados del siglo pasado y comienzos del presente, sugerían la pena de los trunco, de lo que pudo haber continuado hasta la modernización de las ramas fiscales.  La cuantía y la complejidad del trabajo, a realizar eran atroces. A veces, el Ministro sentía los nervios agotados. Hubiese querido, de un solo golpe, reformar tanto instrumento caduco, poner en marcha la nueva doctrina y recoger prestamente la cosecha. Pero era –y él lo confesaba con su clara autoridad- labor de un lustro, de varios lustros, quizás de veinte años, porque, para poner en ejercicio las leyes y cumplirlas, era preciso educar antes a los venezolanos.

Además de la Ley de Presupuesto, llevó al Congreso la Ley de Arancel de Aduanas, con su Exposición de Motivos; la ley sobre varios ramos de la Renta Interna y la ley de Cigarrillos. Las Exposiciones con las que acompañó estos proyectos con documentos magistrales, tanto en las previsiones de carácter económico como en las manifiestas ventajas que auguraban. Fundó también la “Revista de Hacienda”. Todo fue trabajo y creación en aquel corto lapso. Ni antes ni después, se vio empeño igual.

No era el Ministro Adriani un enfermo de oficina. Sus proyectos, sus realizaciones, los adelantaba a la faz de Venezuela, frente a la intensa gravedad de sus problemas. Junto al escenario maravilloso de la futura gran Nación.

A dos cuadras del Ministerio de Hacienda quedaba la Cancillería, a cargo de su grande amigo y antiguo protector, el Doctor Esteban Gil Borges. La suerte los había juntado en la nueva acción, en dos tareas paralelas, llamadas a contribuir al engrandecimiento de una patria que tanto amaban y por la que tanto habían padecido y soñado. Gil Borges en la hora del invierno generoso. Adriani en los días fecundos de la primavera. Los dos en un trópico anhelante y esperanzado.

 

VIII. LA  PUESTA DEL SOL

 

¡Qué desconsuelo ver morir, en lo más recio

De la faena, a tan gran trabajador!

JOSÉ MARTÍ

 

El presentimiento de la temprana muerte no le había engañado. Su vida toda describía una carrera hacia el temprano ocaso. La soledad y el silencio descollaban con sus mejores colaboradores en el aprendizaje de la ciencia y en la acción creadora. Cuando se topó de bruces con la muerte estaba solo en una habitación del viejo hotel “Majestic”, de la Caracas hoy desaparecida.

Allí lo encontraron, exánime el teléfono descolgado y la piel pálida, cetrina, sus amigos compañeros. En la sala de autopsias del Hospital Vargas y en la capilla ardiente del Salón Elíptico del Palacio Federal, lo vieron yacente los venezolanos.  Jamás un grande hombre en nuestra patria había desaparecido en tan mala hora. Los que le habían tratado y conocido, quedaron anonadados ante la infausta nueva. El país, que apenas lo había advertido, lloró su temprana ausencia.

No tuvo Adriani, dentro del rango de su sabiduría, de su patriotismo y de su austeridad, felices continuadores. Era un conductor, sin generación.

Pero quedaron incólumes su recuerdo y su doctrina. La mascarilla en sueño de su semblante inmóvil. Los bronces de Mérida y de su aldea nativa. Sus hermanos que son dechado del honor y de trabajo. Y las tierras feraces, vecinas del Alto Escalante, que hoy llevan su nombre intrépido colonizador de ideas y de ensueños.

Se fue de la vida el 10 de agosto de 1936. En su mausoleo, sobrio como su carácter, quedarían perfectas las palabras que en su elogio pronunciara el día de la puesta del sol de los Andes angustiados, en la sesión solemne del Congreso de la República, el gran Alberto Zérega Fombona:

“Pensemos que tal vez la Venezuela de mañana necesita sacrificios tan grandes como este  de la muerte de Alberto Adriani, para propiciar la grandeza del futuro patrio”.

Su ejemplo  está en pie. Sus luces aún esclarecen el vastísimo horizonte de Venezuela.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Última modificación: 17 de noviembre de 2017